Disclaimer: Los personajes son de la señora Stephanie Meyer, yo solo me adjudico la trama.
Agradecimientos a : Yanina Barboza por betearme este capítulo *.*
N/A: Lo siento por no actualizar el pasado lunes, pero no pude, no tenía inter y he estado enferma, pero aquí está.
¡A leer!
Capítulo 8
―Bella, pero… ―James la tomó por el brazo justamente cuando la castaña se abotonaba la camisa de seda color champagne.
― ¿Sí? ―dijo ella apoyándose en él con una mano, mientras que en la otra tenía un tacón y hacía balance con todo su cuerpo para ponérselo, iba a salir.
―Nena, hoy es nuestro último día como "novios", vamos a pasarla juntos, por favor ―le pidió él cariñosamente, acariciando sus mejillas. Ella observó el reloj que estaba sobre la cabeza de James y negó, era tarde. Edward la mataría.
―Por eso mismo las chicas quieren pasar un rato conmigo a solas, bebé ―repuso Bella melosamente, separándose de él para desenganchar la falda de tubo negra del closet y colocársela.
―Bella, Bella… ¡Bella! ―gritó James llamando su atención, la castaña lo miró con cierto escepticismo, pero rápidamente volvió a su labor, ahora se pintaba los labios frente al espejo de un color rojo pasión.
―Te escucho ―farfulló ella rociándose un poco de perfume encima.
―Tus amigas creo que podrían perdonarte por esta vez, nena. Mañana nos casamos y me gustaría pasar esta noche contigo… ―El rubio la miró a través del gran espejo del closet, el cual equivalía a su habitación completa, con lujuria, desnudándola con la mirada.
―Angela me dijo que me vendría a buscar si no estoy allá en treinta minutos, sabes cómo es ella ―intentó persuadirlo, pero James estaba firme; Bella al ver eso intentó con otra cosa―. Tiende a decir que si así eres conmigo ahora, que no estamos casados, que entonces ni se quiere imaginar cómo serás cuando de verdad lo estemos. Me dijo que te dijera que no fueras tan aguafiestas y me dejaras pasar solo dos horas con ellas, necesitan a su "amiga" ―dijo actuando con un poco de fastidio y enmarcando la última palabra entre comillas.
―Y yo necesito a mi mujer ―replicó él, posando sus labios sobre el cuello de la joven, Bella cerró los ojos y en su mente maquinaba rápidamente qué más decir para que él la dejase ir, Edward esperaba por ella, esta era su última noche, porque ya mañana tendría que tomar una decisión.
Las manos habilidosas del rubio fueron al valle de los senos de Bella desabrochando el primer botón de aquella costosa blusa, si no fuera tan cara ya estaría hecha nada.
La respiración de James chocaba contra la piel del cuello de Isabella y esta se estaba dejando ir, tampoco era de hierro, y por más que se comportase como una perra no podía negarle nada a James, ella lo "amaba".
―… entonces luego… ―murmuró él rodeándola por detrás con sus manos―, podrás salir con ellas, te lo prometo ―musitaba James en su oído, mordiendo su lóbulo. Bella se había perdido gran parte de lo que James le había dicho al principio―. Pero hoy me perteneces, toda la noche ―le aclaró, metiendo su mano derecha entre su cabello, Bella abrió sus ojos y miró a su prometido a través del espejo.
¿Aún lo deseaba? Sí, pero otro hombre la esperaba en otra cama, y como si no fuera poco lo deseaba, aún más que a James, el cual la estaba mimando en estos instantes. Y quien por sobre todas las cosas, era su prometido.
James le sonrió cegadoramente y ella le correspondió la sonrisa. ¿Cómo iba a hacer para dejarlo plantado si es que se decidía por Edward? ¿Cuánto dolor le causaría a James? ¿Qué diría él? Era obvio que estaría dolido, pero ¿alguna vez llegaría a perdonarla? Y lo mismo sucedía con Edward, ¿si ella escogía a James, lo cual era lo más seguro, o lo más razonable, él le guardaría rencor? ¿Ella amaba a Edward incluso más que a James? ¿Cuál de los dos le importaba más? ¿Quién la satisfacía más? ¿Quién la hacía feliz? ¿Edward o James?
Dos hombres.
Tres corazones.
Una elección.
Y un desamor.
Era sencillo.
James.
Edward.
O… ninguno de los dos.
Para cuando se vino a dar cuenta, ya no tenía su ropa encima, James la tenía apresada contra el espejo, con sus manos sujetas por las de él, besándola hasta hacerla perder la razón, repitiéndole una y mil veces que la amaba y que era el hombre más feliz de la tierra porque solo faltaban menos de 12 horas, o tal vez, un poco más para estar casados ante los ojos de Dios y bajo las leyes del hombre.
Los jadeos hacían eco en la habitación, el aire estaba cargado de pasión y sexo, pero Bella…, ella no estaba por completo allí, su cuerpo sentía todo lo que James le hacía, pero su mente y su corazón, aunque le costara admitirlo, estaban con Edward, quien muy probablemente la estaría esperando en aquel hotel, que se había convertido para ellos en su nido de "amor" por decirlo de alguna manera.
―James, me tengo que ir ―jadeó Bella en busca de aire, pero era muy tarde, la hora ya había pasado, lo había dejado plantado, como muy probablemente haría el día de mañana.
―Shhh ―ordenó el rubio penetrándola nuevamente, haciendo que ella resoplara por la intromisión, sus manos resbalaron del espejo y su frente se pegó a este último. Su cuerpo estaba excitado, James siempre había sido un muy buen amante, como lo era él.
Sal de mi cabeza, por favor, suplicó Bella cerrando sus ojos fuertemente, pero el rostro de decepción por parte de Edward y su mirada torturada seguía allí, como si hubiese sido grabado a cal y fuego.
Yo amo a James, lo amo a él, se dijo como un mantra la castaña en su cabeza, y como para reafirmar eso se concentró en su prometido, tratando de sacar de su piel a Edward, cosa que fue en vano.
―Bella ―la llamó James apretándola más contra sí, como si eso fuese posible.
― ¿Mhmm? ―musitó ella incapaz de siquiera hablar.
―Mírame ―ordenó este con voz jadeante, estaban tan cerca del clímax ambos y Bella parecía gelatina entre sus manos. Ella lo obedeció y cuando lo miró a los ojos, en vez de estar unos hermosos zafiros, se encontró con un par de jades llenos de reproche, asustada Bella parpadeó y se encontró con los ojos de James, los cuales estaban un poco oscuros y así como sucedió James aumentó sus embistes.
Bella sentía todo su cuerpo temblar y al darse cuenta de lo que sucedía se detuvo abruptamente.
―James… ―llamó entrecortadamente, apretando su mano que estaba en su vientre, él la buscó con su mirada a través del espejo y la miró esperando―. No me estoy cuidando, este mes no me tomé la píldora ―le informó, ya que James tampoco se había puesto un condón y cuando lo hacían sin él, era porque ella se cuidaba, pero estas no eran esas circunstancias y Bella no quería salir embarazada, aún no.
―Tranquila… ya estaremos casados…
―No…, James. ―Bella se detuvo y se apartó.
―Nena, nena ―canturreó él con diversión, arqueándose para besar su cuello, los dos estaban próximos a caer al abismo y sin pensarlo la volvió a invadir, susurrándole cosas en el oído, distrayéndola, a él no le interesaba si quedaba embarazada o no, total el rubio quería tener una familia, pero Bella estaba reacia.
―James ―trató de discutir Bella, pero fue en vano y lo supo porque todo su cuerpo se tensó y James tocó su punto G, llegando ambos al orgasmo.
Bella sintió como él se descargaba dentro de ella, pero ya no importaba, ella se casaría con él y era lo más normal del mundo si nos ponemos a reflexionar.
―Te amo, nena ―dijo jadeante, sosteniéndose con una mano del espejo mientras que con la otra sostenía el cuerpo laxo de Bella.
―Yo también te amo ―respondió la castaña recuperando el aliento, elevó su vista y lo primero que entró en su campo de visión fue el reloj, el cual ya marcaba las 10 p. m., era muy tarde, demasiado para ser concretos.
…
Por su parte, Edward entraba a la casa de James con una expresión no identificada en su rostro, tal era ¿rabia?, ¿tristeza?, ¿decepción? ¿Y por qué? Todo por ella, Bella, quien era la causante de cada una de sus migrañas, de sus noches en vela, de sus tantos porqués y muchas cosas más.
Ella lo había dejado plantado, como, quizá, lo haría el día de mañana.
Solo una noche era lo que quedaba para el matrimonio, y hoy se suponía que iba a ser su "última noche", o eso creía Bella, porque Edward aún no se daba por vencido.
Este dejó las llaves en la mesa de noche y subió a su habitación, la cual, desafortunadamente, quedaba justamente al lado de la habitación que ellos compartían.
Todo era tan malditamente genial, que Edward brincaba en un pie, siendo sarcásticos.
Al pasar pudo ver la luz encendida por entre la rendija de la puerta y unas voces provenir de esa habitación. Eran risas, para ser más exactos.
Él es tan feliz, pensó Edward recordando a su amigo rubio.
James era su amigo y lo seguiría siendo, lo de hoy le había dejado muy en claro a quién ella prefería, pero aún faltaba el día de mañana y él amaba demasiado a Bella como para dejarla casarse con James.
Era egoísta y un mal amigo, eso ya lo sabía de sobra, pero ¿qué más podía hacer?, ¿quedarse con los brazos cruzados y ver cómo ella se casaba, cómo era "feliz" y quién sabía, si formaba una familia con James? No podía, la idea lo enfermaba y le daba náuseas.
¿Cómo haces para ver a la mujer que amas casándose con otro, sin importar o aun sabiendo que esa persona es tu mejor amigo y que, aunque tú fuiste el tercero, deseaste ser el primero? Era difícil, más de lo que cualquiera se puede imaginar.
En ese momento su celular vibró en el bolsillo, eso fue suficiente para hacerlo reaccionar. Edward sacó su celular de sus pantalones de mezclilla y al ver quién era suspiró. Esa mujer lo volvería loco.
Lo siento, no me dejó salir, ¿aún sigues allá?
Bella.
Ni siquiera se molestó en contestar, tampoco era un imbécil y mucho estaba en juego.
Borrando ese mensaje ingresó a su habitación, lanzándose sobre la cama. Necesitaba un largo sueño. Mañana sería un día muy… tedioso.
Pero en ese momento la sed lo atacó y decidió ir abajo por un vaso de agua, antes de salir de su habitación escuchó como una puerta era cerrada de un azote y luego un auto que salía del aparcamiento.
El cobrizo se encogió de hombros y, con tan solo sus pantalones de mezclilla encima, salió de su cuarto hacia la cocina.
Todo estaba en completo silencio y la cocina era un desastre de cajas, cajas y más cajas.
La boda, se dijo Edward yendo hacia la nevera, ignorando las toneladas de cajas que habían regadas por allí.
La luz de la luna se reflejaba en las baldosas de la cocina, nadie estaba en casa, Victoria, por lo que él sabía, estaba con su marido; los padres de James estaban en su otra casa no muy lejos de esta, y James y Bella a lo mejor habían salido después que él llegó.
Edward estuvo un tiempo en la cocina, cuánto con exactitud no se sabía, pero había pasado bastante tiempo cuando una mano fría sobre su hombro lo hizo sobresaltarse.
Era una mano pequeña, delicada, con uñas perfectamente pintadas…, era la mano de ella, Bella estaba en casa.
―Hola ―susurró Isabella, apartando su mano a la vez que Edward a cámara lenta se daba la media vuelta, quedando los dos frente a frente.
El cobrizo no dijo nada, solo se limitó a observarla en silencio, con expresión seria, evaluándola.
Ella vestía una bata de seda corta, demasiado corta, la cual apenas le llegaba a los muslos, no tenía nada de bajo, el frío de la noche se notaba en sus pezones, su cabello caía en ondas sobre sus hombros y sus labios aún tenían esa pintura rojo pasión sobre ellos.
Bella al ver que Edward no iba a decir nada, rompió el silencio.
―Lo siento… no pude llegar, James no me dejó ir, me atrapó y me… ―Al darse cuenta de lo que iba a decir, guardó silencio, no queriendo lastimar más a Edward, ella sabía que cada minuto el cual ella pasaba con James, el cobrizo lo odiaba, porque detestaba que él le pusiera las manos encima de su cuerpo.
―Te hizo el amor ―completó Edward por ella con una sonrisa irónica en su rostro. Bella se encogió de hombros y apartó su mirada de la de Edward, no queriendo afrontarlo―. Mírame cuando te hablo ―le ordenó él en voz baja, pero firme, llevando sus dedos a la barbilla de la castaña. Ella así lo hizo―. Mañana te casas ―murmuró él con tristeza, recorriendo con sus dedos su mejilla.
―Edward…, por favor ―suplicó con un nudo en la garganta.
―Vámonos, Bella, por favor ―musitó él bajo su aliento, acercándose un paso más.
―Es… yo… ―tartamudeó.
― ¿Llamaron a James de la clínica? ―preguntó él, bajando sus manos hacia sus brazos.
―Sí… se acaba… se acaba de ir ―dijo con la voz temblando, Edward la descontrolaba por completo.
―Me alegro ―admitió con una sonrisa, para luego atacar los labios de Bella con un beso, en el cual las emociones eran muy variadas―. Te necesito ―le comentó, como si no quisiera la cosa, a la castaña, bajando sus labios por su cuello, a la vez que la tomaba por debajo de las nalgas y ella enrollaba sus piernas alrededor de su cintura.
―Yo también… te quería ver, pero…
―Ya eso no importa ―la interrumpió Edward, caminando con ella hacia las escaleras. Bella asintió y se agarró más fuerte de Edward cuando este la empujó contra su cama, bajando los tirantes de la bata de seda por sus hombros.
Sabía que todo estaba mal, pero no podía evitarlo.
Era como un círculo vicioso, donde ella solo daba vueltas y vueltas sin saber a dónde ir, siempre pasando por los mismos puntos.
Su corazón latía desaforadamente contra su pecho, sus costillas dolían. Edward estaba entre sus piernas, haciendo roce con la tela de su pantalón sobre sus bragas.
Los labios de Edward besaban sus hombros, apartaban su cabello y besaban su cuello, sus mejillas, jugaba con sus labios, los posaba en cualquier parte donde él pudiese llegar.
Bella arqueaba su espalda y las manos de Edward recorrían una y otra vez la piel de sus largas piernas hasta llegar a sus caderas, subiendo más la corta bata.
―Te esperé tres horas, Bella…, tres malditas horas y no llegaste ―susurró él con un gruñido entre su cuello y su hombro, chupando esa parte.
―Edward, allí no… luego se ven ―se quejó la castaña.
―Shhh, no tienes ningún puto derecho a decirme qué debo hacer y qué no ―le informó él tomando sus manos, llevándolas sobre su cabeza, ella jadeó―. No se me olvida que todavía te puedo atar a mi cama, Bella…, no me tientes, pequeña ―dijo mordiéndole un labio.
Bella lo veía anonadada, Edward estaba furioso y eso, traducido al idioma de la cama, era igual a buen sexo.
―Entonces hazlo, Edward ―le instó ella juguetona, removiéndose bajo sus brazos, el cobrizo se paralizó y levantó su cabeza observándola, ¿de verdad lo decía? No, todo era por el sexo, se dijo Edward. Ella no lo amaba, en cambio él sí a ella.
De un solo movimiento Edward le quitó aquella bata de seda a Bella, dejándola solo en bragas, él se separó de ella para quitarse el pantalón junto con el bóxer por completo y luego la tomó de los brazos.
―Levántate ―le dijo bruscamente, colocándose él en la orilla de la cama, viendo hacia la puerta de su habitación, desnudo y con su erección doliéndole.
La joven excitada se levantó y fue a donde Edward le decía.
―Siéntate sobre mí, dándome la espalda, pero primero quítate las bragas. ―Ahora su voz era tierna, pero con cierta orden implícita en ella.
Una vez Bella estuvo completamente desnuda, Edward la acercó a él, y la sentó sobre él, pero sin penetrarla, solo dejó que ella sintiera su erección sobre la piel de sus muslos, Bella dio un pequeño brinco y suspiró.
¿Qué estaba haciendo?
Edward tomándola de la cintura la elevó solo un poco, dirigiendo lentamente su erección hacia la entrada de Bella, ella apoyó sus pies aún más sobre el suelo, necesitaba algo de donde sostenerse, sus manos se fueron hacia atrás buscando los fuertes brazos de Edward y su cuerpo inconscientemente se arqueó, dejando de esa manera, caer su cabeza en el hombro de su amante.
El cobrizo estaba apoyado sobre el filo de su cama y necesitaba, verdaderamente, que Bella se moviera.
―Muévete, nena ―le ordenó besando su cuello, llevando sus manos hacia sus senos, donde los estrujó unos segundos.
Bella levantó su cabeza y agarrando impulso comenzó a balancearse.
Era acción y reacción.
Arriba y abajo.
Un solo movimiento.
Sus pieles hacían un sonido constante cuando chocaban entre sí, las manos de Edward se afianzaron a la pequeña cintura de su amante, marcando un ritmo aún más frenético y Bella rebotaba de un lado hacia el otro, parecía como si en cualquier momento se pudiera romper o desarmar.
― ¡Edward! ―chilló Bella cuando este salió por completo y luego volvió a entrar dejándola sin aire.
―No creo que él te haga gritar como yo ―le susurró él en el oído.
―No… ―admitió ella con una sonrisa, echando su cabeza hacia delante, su frente estaba perlada de sudor, Edward la soltó y dejó que ella siguiera con los movimientos y todo se volvió más lento, pero constante y diferente.
Las manos de Edward hicieron el papel de una liga y recogieron el cabello todo enredado de Isabella, haciendo que ella se sintiera un poco más fresca.
Sus mejillas estaban rojas por el esfuerzo y su sexo palpitaba constantemente.
Su boca estaba semiabierta y una expresión de placer estaba plasmada en su rostro.
Su cuerpo se arqueaba ante cada movimiento, queriendo encontrar más fricción.
―Un poco más lento, Bella ―balbuceó Edward sobre su oído, escuchando morbosamente como ella gemía y buscaba aire.
La castaña había aumentado sus movimientos, casi de manera frenética...
―Deja a James plantado, Bella…, yo te amo, nena ―le recordó Edward besando sus mejillas, su clavícula, su cuello.
―Pero… ―balbuceó ella, perdida en el placer, sus piernas temblaban.
― ¿Tú me amas, Bella? ―preguntó él embistiéndola más profundo. Los ojos de Bella se pusieron en blanco.
¿Lo amaba? Esa pregunta dos meses atrás no hubiera obtenido respuesta, pero ahora, en esta situación, Bella tenía una.
―Te amo, Edward…, nunca quise, pero lo hago ―admitió ella y sintió como si un peso hubiese sido quitado de sus hombros, se sentía más ligera.
El corazón de Edward se detuvo por unos segundos al escuchar, finalmente, las malditas dos palabras.
Ella lo amaba, tanto como él a ella.
Había costado para que lo admitiera, pero no había sido imposible.
―Entonces no te cases mañana ―le persuadió él, mordiendo su hombro levemente.
Bella había actuado como una perra estos últimos tres meses, ella lo sabía y Edward también…, pero lo amaba, había caído, como muchas y muchos lo han hecho, no es una excusa, ni mucho menos, pero es algo con lo cual ella aplacaba su culpa.
Ninguna mujer debe actuar así, porque si no se ama a alguien de verdad, o si no se está segura de dar un paso más allá, no se da.
Se supone que hay que respetarse, pero acaso ¿porque esté con otro hombre que no es su prometido se tiene que condenar? Muchos dicen que sí y tal vez tengan razón, pero a veces la pasión, la lujuria y la excitación del momento pueden mucho más…, aunque en este caso todas ellas se combinaron con algo más fuerte y eso es el amor, porque, aunque Bella tardó en admitirlo, ella amaba a Edward. Pero la pregunta es: ¿Qué hubiera sucedido si Edward no irrumpía en la vida de Isabella, hubiera engañado a James con alguien más? Eso nunca lo llegaremos a saber, pero lo que sí sabemos es que pasó y, para desagrado de muchos, lo había disfrutado y lo sigue haciendo.
Ella amaba a dos hombres, o eso creía, ¿tan malo era eso?
―Mañana sabrás mi decisión, Edward…, ahora solo… ―dijo ella con determinación y Edward vio una luz al final del túnel.
―Mañana, Bella… ―acordó él.
―Solo prométeme, que sea cual sea mi decisión, la respetarás ―pidió ella, girando su cabeza un poco para encontrarse con la mirada de Edward.
―Te lo prometo ―le juró él solemnemente―. Ahora dilo de nuevo… quiero escucharlo ―le pidió Edward con una sonrisa, acariciando su bajo vientre.
―Te… ―Un beso― amo ―repitió ella.
―Yo más ―admitió Edward, apretándola contra sí.
Mañana todo se definiría.
Lo que nadie sabía, era que no solo Bella y Edward eran conscientes de que habían engañado a James, ahora también lo sabía Victoria, la hermana del rubio, quien los estaba viendo tener relaciones por la abertura de la puerta, la cual llevaba abierta un largo rato, lo suficiente como para darse cuenta que su hermano... había sido engañado. Y nada más y nada menos que por su prometida y su mejor amigo.
Victoria no estaba sorda y había escuchado muy claramente como Bella le decía a Edward que lo amaba. ¿Acaso eso era posible? ¿Cómo se podían amar a dos hombres a la vez? ¿Tan siquiera ella, alguna vez, había amado a su hermano de verdad?
Con paso sigiloso, la pelirroja se apartó de allí, no queriendo ver nada más de lo que sucedía en esa habitación.
Todo era de locos.
¿Ahora qué haría ella?
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