sábado, 29 de junio de 2013

Capítulo 7

Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephanie Meyer, yo solo me adjudico la trama.

Agradecimiento a: Yanina Barboza por betearme este capítulo.
Advertencia: Acá hay un poco de drama, creo que a más de una les dará un infarto cuando lean un pedazo del capítulo en específico, pero no se preocupen, luego de la tormenta llega la calma.
N/A: Contra todo pronostico estoy aquí. No se si actualicé el otro Lunes, ya que no he empezado el capítulo y ando un poco enferma con la gripa y no tengo ganas de nada. Pero es muy poco probable.
¡Ahora a leer!

Capítulo 7
La iglesia, los invitados, la comida, la recepción, los padrinos, las damas de honor, los anillos y los novios estaban listos. Lo único que faltaba era que llegara la hora, arreglar a Isabella Swan y llevarla a la iglesia para unirla en santo matrimonio con James, pero… ¿lo haría?
―Bella, déjalo, vámonos juntos. Tú y yo. Nadie más ―suplicaba por millonésima vez Edward Cullen, masajeando el cuero cabelludo de Bella lentamente, haciéndola ronronear.
Solo quedaba una semana, una puta semana y todo acabaría y Edward… él no quería.
No podía verla casarse con su mejor amigo, su corazón no se lo permitía porque, simple y sencillamente, se había enamorado como un idiota.
Tantas veces que había dicho de adolescente y de joven en la universidad que nunca se enamoraría de una mujer y aquí estaba, con su corazón latiendo desbocado, esperando una respuesta de ella, la mujer que lo tenía con la cabeza dándole vueltas y que por sobre todo era, antes que nada, la prometida de su amigo… aunque él ya no lo considerara así. Estaba siendo hipócrita, lo sabía, pero toda la farsa tenía que durar siete días más.
¿Y si ella dice que no? ¿Romperás tu amistad con James por ella?, le inquirió su conciencia a aquel hombre desesperado, nunca en su vida un 'sí' había sido tan importante para él, y ahora Edward dependía de esa respuesta para hacer lo que tenía pensando.
Si Bella decía que sí, se iría con ella, no le importaría James ni nadie más, solo Isabella, pero si ella decía que no… tendría que conformarse con verla de blanco, diciendo las palabras tan odiadas por él, tendría que aguantar cuando él la besara y tendría que fingir que ella solo era para él una amiga, su cuñada, la mujer de su amigo, porque si ella decía que no, él no le diría nada a James y se iría a Inglaterra, seguiría con su vida, como siempre lo había hecho.
―No, Edward ―susurró Bella, apartándose por completo de aquellas manos, buscando su ropa por toda la habitación, ya se tenía que ir. Le había dicho a James, como excusa, que andaba con un grupo de amigas para una "despedida de soltera", cuando en realidad se iba a ver con Edward.
― ¿Por qué no, Isabella? ―gritó exasperado aquel hombre, batiendo sus manos al aire.
― ¡Porque yo amo a James! ―replicó esta enojada, siempre era lo mismo y ella se lo había dejado muy en claro, pero… ahora Bella no podía ver a los ojos a Edward, porque sabía que si lo hacía estaría jodida. Le diría mil veces sí y echaría 4 años de su relación con James por la borda y sobre todo un matrimonio ya prácticamente llevado a cabo.
― ¡Lo amo! ¡Lo amo! ¡Lo amo! ¡Es la única mierda que dices, Isabella! ―repuso Edward enojado, su vena en el cuello palpitaba frenéticamente.
―Es la…
― ¡Ni se te ocurra decirme que es la puta verdad, porque no lo es! ¡Acéptalo! ¡Admite que lo de James era monotonía, costumbre o como quieras llamarlo! ―Sin preverlo Edward se encontraba enfrente de Isabella sosteniéndola del brazo, zarandeándola, su expresión era de un total y completo loco, pero estaba loco por ella, él solo quería una afirmativa como respuesta.
―Suéltame, Edward ―ordenó Bella forcejeando, pero él no la dejó, en cambio con su mano libre apresó la mandíbula de la castaña, para hacer que lo mirase a los ojos.
―No ―dijo él viéndola a los ojos―. Me vas a escuchar quieras o no. Te quiero conmigo, para mí. No te quiero compartir. ¡Joder, no quiero! Mucho han sido estos dos meses, ya no puedo más. Te casas dentro de una semana con mi mejor amigo, que ya no considero mi amigo, ¿cómo crees que estoy?
―Tú sabías desde el principio que esto era algo pasajero y lo aceptaste, ahora no…
―Soy algo pasajero, con él te ves teniendo hijos y conmigo solo una follada, lo sé ―masculló con algo de humor oscuro Edward, riéndose en la cara de la mujer que tanto amaba.
―Edward, entiéndeme…
― ¡No! ―rugió él escupiéndola un poco―. ¡No te quiero entender! ―Bella bajó su mirada hacia sus pies, no podía seguir viéndolo―. ¿Sigue siendo esto una aventura para ti, Isabella? ¡Dime! ―le ordenó Edward, obligándola a levantar su mirada.
Y no, esto ya no era una simple aventura para ella, pero tampoco iba dejar a James solo para cumplir sus deseos con su mejor amigo.
―Edward, cariño, yo te aprecio mucho.
―Pero no me amas ―balbuceó él aflojando el agarre, ya no tenía caso, todo estaba dicho.
―Escúchame ―pidió Bella―. Esto ha sido maravilloso, pero James es mi puerto seguro y yo no sé qué tengo contigo, en realidad no tengo nada contigo. Con él tengo mucho tiempo, no puedo romper esto así porque sí…
―Sí puedes ―interrumpió Edward, mirándola esperanzado.
―Es tu amigo, Edward…
― ¿Y que, Bella? ¡Eso es lo de menos! ―Edward la soltó bruscamente, haciéndola trastabillar―. También es tu prometido y ¡lo engañaste!, a estas alturas no vengas con tu moral y dignidad, porque no te queda, te has portado lo suficientemente zo… ―La voz del amante de Isabella perdió intensidad al final.
― ¿Qué? ¿Qué ibas a decir? ¿Que me he comportado lo suficientemente zorra? ¡Pues no te quejes, porque bastante que has disfrutado! ―le replicó Isabella molesta.
―No quise decir eso ―habló Edward rápidamente, tratando de enmendar todo.
―Sí…
― ¿Te duele? ―inquirió Edward y ella miró a otra parte―. La verdad siempre lo hace, Bella. No puedes escapar de esto.
― ¿Por qué te duele tanto? ¡Solo han sido unas cuantas noches!
―Es más que eso ―dijo Edward en voz baja―. Han sido dos meses, ¿no lo ves, Bella? ¡Te amo! ―gritó él, y Bella dejó de respirar. Esto no podía ser cierto.
―Me tengo que ir ―balbuceó Bella nerviosa, subiendo el cierre de su falda tubo. Todo estaba mal. Ella no quería esto, no quería nada de sentimientos de por medio. Ella nunca quiso enamorarse del padrino de su boda y aquí estaba, con la pata hasta el fondo en el asunto.
― ¡Tú de aquí no te vas! ―rugió Edward, cogiéndola de los hombros para sentarla de un tirón sobre la cama―. Te amo, Bella, y... ¡joder, veme a la puta cara cuando te lo digo! ―exclamó furioso Edward, estaba fuera de sí.
Isabella lentamente lo miró y ¡no lo tenía que haber hecho! El corazón de Bella se detuvo y dio un vuelco al ver lo transparentes que eran los ojos de Edward, decía la verdad. Ya no era algo simplemente carnal, él se había enamorado y ella estaba con una boda en la entrada de su vida. No podía simplemente dejarlo todo.
―Nena, te amo, siempre lo supe, pero no lo quise aceptar. Tenía miedo a que si te lo decía te perdería y a tan solo una semana de tu matrimonio, te lo digo, Bella, te amo y no me arrepiento, me importa un comino que seas la prometida de mi mejor amigo de toda la vida, eso ya no me importa, nunca me importó. Y sí, tal vez al principio sentí remordimiento, pero… luego estás tú, te veo y me digo que todo valió la pena, porque te amo y no lo puedo cambiar. No puedo ―susurró él angustiado, no sabía qué más hacer para que ella se quedara―. Y no me digas que me ves solo como algo pasajero, Isabella, porque yo sé que no es así. ―La voz de Edward era suave, pero con determinación. Trataba de convencerla.
― ¿Cómo estás tan seguro? ―preguntó ella con lágrimas en los ojos.
Necesitaba aire. Quería escapar y no podía.
¿Qué tenía que hacer? ¿Qué debía hacer? ¿Qué demonios estaba haciendo?
―Bella ―llamó Edward tomándola del rostro bruscamente, sin medir su fuerza―. ¡Joder! ¿Por qué eres tan… así? ―preguntó él con un deje de dolor, sin poder encontrar la palabra perfecta para describirla―. Pero te voy a responder, sé que no soy algo pasajero porque simplemente tú siempre regresas a mí. Hoy por ejemplo, yo no te llamé, tú lo hiciste. Necesitabas verme, sentirme. Cuando algo es pasajero, la otra persona no te importa, solo satisfaces tus necesidades y ya, pero… tú, Bella, a ti te preocupa cómo yo me siento, lo puedo ver. Si fuera algo pasajero, ya me hubieras dejado y si yo no significara nada para ti, no estuvieras con esa mirada que tienes justo ahora.
Isabella se alejó de él, tomando su cartera para irse.
―Él es mi puerto seguro, y nunca lo voy a dejar. Te quiero, pero a él lo amo ―musitó ella, secándose las lágrimas.
Edward se jaló su cabello y la observó. Ya era suficiente, no podía seguir con esto.
Isabella le dio la espalda y caminó hacia la puerta de la habitación y fue cuando lo escuchó.
―Hasta hoy, Isabella. Todo termina hoy, no puedo seguir con una mujer que no es valiente y defiende lo que de verdad siente. Pero algo te digo, nunca serás feliz, porque ya engañaste una vez y el que lo hace la primera, lo hace la segunda, la tercera y así sucesivamente. ―Bella respiró hondo, temblorosamente―. Trata de ser feliz con James y algo más… ―Edward se tiró en la cama, apartó las sábanas y se metió dentro de ellas―, tú no amas a James, porque aquel que ama, Bella… no engaña, solo ama incondicionalmente y tú lo engañaste a él, conmigo, con su mejor amigo, espero puedas vivir con ese cargo de consciencia. ―Por el rostro de Bella las lágrimas rodaban, Edward cerró sus ojos y con su corazón doliendo a más no poder se despidió―: Vete, Isabella. ¡Largo de aquí!
La castaña quería voltear y disculparse con él, porque sabía que le hacía daño, pero algo en ella se lo impedía.
Edward dio un pequeño salto al escuchar como la puerta era azotada.
Ella se había ido.
―… entonces yo los declaro marido y mujer ―dijo el cura, sonriéndole a Bella y James. Edward estaba a la derecha, donde era su lugar y Victoria a la izquierda, con la mirada perdida, cosa que era realmente extraño.
James le sonrió a Bella, quien tenía una mirada triste en su rostro y no entendía por qué, se suponía que debería estar feliz.
Edward veía hacia sus zapatos, no quería presenciar aquello.
El rubio se acercó a Bella y presionó sus labios suavemente contra los de su mujer, se sentía el hombre más dichoso del mundo. Ella no le correspondió el beso. El cura les regaló una mirada de entendimiento y luego dijo:
―Bueno, chicos, los veo dentro de una semana, para, ahí sí, casarlos como Dios manda ―repuso acomodando unos papeles que tenía en las manos―. No se olviden de hacer los votos y traerlos o aprendérselos ―les recordó.
Edward respiró profundo, ¿así se sentiría cuando la viera casarse en verdad, dentro de seis días? Porque si era así, estaba seriamente considerando la idea de decir que amaneció con influenza o algo así.
No quería verla de blanco, ni mucho menos diciendo sí acepto, o incluso besándose con su mejor amigo, con su prometido. Era doloroso, malditamente doloroso y frustrante, porque él había hecho todo lo que había estado al alcance de sus manos y ella… simplemente no quiso.
―Como diga, padre ―contestó Bella separándose de James, anoche no había podido dormir, no después de todas las cosas que Edward le había dicho.
Por su parte, Edward había meditado un poco acerca de lo que había sucedido en los últimos dos meses y había llegado a una conclusión. Lo de anoche, el decir todo eso a Bella, fue una mala idea…, la peor de todas. Él la amaba, más que a nada, eso lo tenía por seguro, pero si él quería que ella lo eligiera tenía que ser un poco más inteligente en vez de parecer un hombre primitivo y reclamarle cosas.
¡Porque él no tenía el maldito derecho de hacerlo!, aunque quisiera, no podía.
Así que después de pensarlo mucho, había decidido que se disculparía con ella y conseguiría otra manera de hacerla cambiar de opinión. Aún tenía tiempo.
Tal vez ella se daría de cuenta a última hora y lo elegiría, pero si no era así... Edward estaba dispuesto a impedir esa boda.
Era de él o no se casaba, así de sencillo.
―Bueno, chicos, ya acabamos con el ensayo. Ahora me despido. Tengo que irme ―dijo el padre Agustín, tomando la mano de Bella y James―. Nos vemos aquí, el próximo domingo.
James asintió con una sonrisa, pero Bella no lo miró.
― ¿Qué tienes, preciosa? ―le preguntó el rubio a su novia, metiendo sus manos dentro del cabello de ella, justo y como lo hacia él, pero James no era Edward e Isabella lo sabía.
―Estoy un poco cansada y con hambre, eso es todo ―susurró Bella mirando a los ojos a su prometido, este la escrudiñó unos segundos con la mirada y ella se la retuvo.
― ¿Segura? ―insistió él dándole un beso en la frente.
―Sí, bebé. ―Bella se alzó en las puntas de sus pies y unió sus labios con los de James. Edward estaba atento a la escena y Victoria jugaba con su celular, ya su semblante había cambiado.
La castaña se separó rápido de su prometido y lo abrazó fuertemente, enterrando su rostro en el cuello de él, cerrando sus ojos fuertemente, queriendo sacarse el olor de Edward de su piel.
―Te amo, nena ―le susurró James en el oído, Bella escuchó esas palabras y se sintió fatal, porque en un tiempo pasado, para ser más exactos dos meses atrás, si James le hubiese dicho eso en las mismas circunstancias, ella estaría suspirando como boba; pero ahora lo único que deseaba es que Edward se las dijera viéndola a los ojos, hasta que la hicieran entrar en razón.
Estaba comenzando a dudar.
―Yo también, James ―susurró casi imperceptiblemente, reteniendo las lágrimas en sus ojos.
― ¡Oigan, tortolos, vayamos a comer algo! ―gritó Victoria, quien se había unido con Edward. Bella observó a este último y sonrió con tristeza.
―Me parece perfecto ―repuso James tomando la mano de Bella, acariciando de manera inconsciente el anillo de compromiso.
Los cuatro juntos se encaminaron hacia la salida de la iglesia, pero la voz de Edward hizo detener a Isabella.
―Bella, ¿puedo hablar contigo un segundo? ―inquirió agarrándola del antebrazo, James se volteó hacia su amigo y arqueó una ceja a manera de pregunta.
Todo el mundo de la castaña tembló. ¿No era que ya todo había terminado?, se preguntó en la mente.
―Emmm… sí… claro ―respondió ella, titubeante.
―Pero es a solas ―dijo, ya que James no se movía del lado de Bella.
¡Obvio, estúpido! ¡Es su prometida y muy pronto su esposa!, le gritó la mente a Edward.
―Entre nosotros no hay secretos ―atacó el rubio, abrazando posesivamente a Bella, esta se removió incómoda y Edward sonrió con condescendencia.
― ¡Por supuesto que no, hermano! Es solo que… ―Él calló sin saber qué excusa inventar, pero luego sonrió de manera cegadora al tener una idea―, mi cuñadita y yo te estamos preparando una sorpresa, que no será sorpresa si te decimos; así que, ¿nos permites un momento? Prometo devolvértela ―admitió él entre dientes. Todo lo decía de los dientes para afuera.
― ¿Sorpresa, eh? ―repuso James un poco escéptico, Bella tragó en seco y le echó una mirada a Edward de desesperación―. Ok, pero no se tarden, que tengo mucha hambre ―acordó él, soltando a su prometida, no sin antes darle un beso.
Edward vio como los labios de su amigo se moldeaban con los de Bella, la mujer que él amaba y apartó la mirada, no pudiendo ver más.
Una vez el acto terminó y Edward se cercioró de que James saliera de la iglesia, se volvió hacia Bella, quien retorcía sus manos una y otra vez, estaba nerviosa.
Nadie dijo nada.
― ¿Para qué…? ―Bella respiró hondo―. ¿Qué me quieres decir? Pensé que todo estaba dicho entre…
―Bella, lo siento, fui un idiota, lo sé. No tengo derecho a reclamarte nada, desde el principio tú me dejaste las cosas bien en claro y yo fui el que se volvió todo un lío, pero… nena, lo siento tanto. Por todo ―aclaró él rápidamente, sin pestañear o tomar aire, Bella abrió sus ojos como platos y giró su cabeza hacia atrás, con miedo a que alguien lo pudiera estar escuchando.
―Edward, no creo que sea el momento…
―Sí lo es, él está en el auto, desde aquí lo veo. Solo escucha, princesa. Lo siento, no me cansaré de decirlo, perdóname por ofenderte, si lo hice…
―Sí lo hiciste ―interrumpió ella resentida.
―Entonces, lo siento, muñeca, no fue mi intención, solo que un hombre enamorado hace lo que sea…
― ¡Espera! ―dijo Bella poniendo sus manos en alto―. Estás mezclando todo, Edward… yo… yo no… ―Edward contuvo el impulso de sostenerla entre sus manos y acallarla con un beso.
―Sé que lo haces, Bella, y entiendo tu punto de vista. Nadie puede enamorarse de alguien tan rápido, mucho menos amararlo, pero lo hago, nena, y todo es gracias a ti. Por ti. Te amo y no me arrepiento ―susurró él fervientemente, apretando su mordida, Bella se movía ansiosa en su puesto. Queriendo abrazarlo, pero no sabía si sería capaz de contenerse. No quería cometer una imprudencia―. No apoyo que estés conmigo y luego con él…
―Siempre he estado con él, tú fuiste el que se puso en el medio ―interrumpió Bella, mirándolo con suficiencia―. Tú fuiste el que me pidió una oportunidad, que no se te olvide, Edward.
―Eso lo tengo muy presente, Isabella ―admitió Edward bajando su cabeza, para luego subirla―. Pero no se me olvida lo fácil que aceptaste ―le recordó él con una sonrisa.
―No es…
―Sí es cierto y lo sabes, el tema no es ese, Bella. Yo solo… ―Edward echó una mirada sobre el hombro de la castaña y vio como James hablaba con Victoria muy amenamente; así que, dio un paso más hacia Bella, quedando solo a unos pocos centímetros de distancia―… sea cual sea la decisión que tomes, yo estaré aquí, para ti, por ti, contigo ―le informó el cobrizo, mirándola con ternura―. Y quien quita y no te termines casando, Bella, aún quedan seis días y en ese tiempo muchas cosas pueden pasar… ―La mirada de Isabella era de desconfianza, y de titubeo, porque Edward tenía razón en todo.
― ¿Como cuáles? ―inquirió ella en un resoplido.
Edward, arriesgando el todo por el todo, alargó su mano y atrapó el labio inferior de Bella entre sus dedos, estrujándolo, jalándolo. Ella jadeó y trató de alejarse, pero él se lo impidió.
―Shh, quieta ―le ordenó con mirada seria. Bella temblaba en su sitio, mitad debido a los nervios de que James viniera y mitad por tener a Edward cerca. Lo había extrañado y eso que solo llevaban separados unas cuantas horas―. Tal vez nunca, pero nunca, llegues a la boda, o James se puede enterar, tu vestido de novia puede ser dañado sospechosamente, te puedo atar a mi cama y no dejarte salir nunca… mmm, Bella, son tantas las posibilidades, que no se cuál tomar, aunque me gusta más la de atarte a mi cama, es más provocativa ―admitió Edward como si fuera un secreto, mordiendo sus labios.
Isabella respiraba agitadamente y Edward pasaba su dedo pulgar sobre el labio inferior de la castaña de manera tentativa, sonrió victorioso cuando vio con sus propios ojos, como ella estaba a punto de la hiperventilación.
―También, quizá y solo quizá, tú te arrepientas y decidas que me amas y te vas conmigo, lejos, a Inglaterra, nada te faltaría y de igual manera te casarías, seríamos felices, tendríamos muchos hijos y tú serías mi esposa. Mi mujer. Mía, solo mía ―balbuceó Edward y Bella lo miró como si estuviese loco―. ¡No me veas con esa cara! ¡Un hombre también puede soñar!, y tú estás en todos y cada uno de mis sueños, Bella.
Ella se apartó de la mano de Edward, aún temerosa.
―Edward, ya, por favor…
―Tienes miedo de darte cuenta que ya por él no sientes nada, que ahora el que manda en tu corazón y en todo tu cuerpo… ―Edward se detuvo dándole una mirada evaluadora―... soy yo. La verdad siempre duele, atormenta, confunde, desquicia, pero es la única manera de tomarla en cuenta. ―Su voz era sedosa, de coacción.
―Nos tenemos que ir, Edward… James.
Él tomó una bocanada de aire lentamente, sonriendo de manera pícara.
―Vamos… a comer ―repuso él abrazándola por los hombros y sonriendo de manera cegadora. Bella rodó los ojos internamente, ella sabía que Edward estaba usando su psicología barata con ella, pero ni por muy barata que fuera fallaba, al contrario, la había confundido más de lo que estaba―. ¡Oye, Bella! Cambia esa expresión, solo te quiero secuestrar… no matar ―le susurró divertido en el oído, ella sonrió débilmente, pero era una reacción hipócrita y todo porque James los miraba―. Por cierto, nena, no hay peor ciego que el que no quiere ver ―citó Edward, palmeando su hombro "cariñosamente".
Ambos se encaminaron hacia la salida de la iglesia y antes de salir de ella Edward dijo:
―Todo sigue bien entre nosotros, Bella, y te juro por Dios, que la próxima vez que entres a una iglesia, no será precisamente para casarte…, al menos no con James.
Bella dio un respingo e iba a replicar cuando Edward la soltó y se fue con Victoria, encerrándola en un abrazo de oso.
―Pelirroja, vamos que tengo hambre ―repuso dramáticamente entrando al auto, por su parte Bella se quedó estática en su puesto, viéndolo sin poder creerlo. Estaba siendo demasiado cínico. Y a este juego podían jugar dos.
― ¿Ya hablaron de mi sorpresa? ―preguntó James acercándose a su prometida para plantarle un beso en la frente, poniendo un mechón detrás de su oreja.
Bella le sonrió de manera cegadora.
―Sí, mi amor. Te encantará la sorpresa ―respondió ella pasando su brazo por la cintura de James, este último levantó la barbilla de Bella y acercó sus labios a los de la castaña, besándola con premura, su mano rodó hacia la nuca de ella, enredando sus dedos en el cabello de su prometida, como él lo hacía.
Por su parte, Edward los miraba con la boca abierta, ¿por qué Bella le estaba correspondiendo aquel beso engullidor?, así era como ella lo besaba a él. La furia y los celos recorrían su cuerpo y lo único que Edward quería era moler a golpes a James, pero se contuvo.
Victoria les veía con una sonrisa pícara, pero luego volteó hacia Edward y vio que este tenía su ceño fruncido y golpeaba incesantemente el asiento de atrás con sus dedos.Extraño, pensó.
Bella y James seguían besándose y el rubio jaloneaba los labios de su prometida, pero una voz los hizo separarse.
― ¡Chicos, tengo hambre! ―gritó Edward a vox populi, haciéndolos jadear a la hora de romper el beso, James miró a su amigo y notó cierta molestia, pero se imaginó que era por otra cosa, ya que tenía su celular en una mano y tecleaba furiosamente en la pantalla.
― ¡No seas gruñón, Eddie! ¡No tenemos la culpa de que andes molesto! ¿Alguna mujer, por casualidad? ―preguntó Vicky acercándose a él.
El cobrizo levantó su mirada de su móvil y sonrió. Sí, él sufría de bipolaridad.
―En realidad sí, pero al parecer a ella no le importo ―repuso él, y cuando lo dijo miró a Bella fijamente. La castaña le retuvo la mirada.
―Tal vez deberías de darle un poco de respiro, cuñado ―repuso Bella, sonriéndole con afecto.
James sonrió al ver que la relación entre su mejor amigo y su futura esposa, era cercana. Si supiera cuán cerca era en realidad, probablemente estuviera encima de Edward... matándolo.
―Gracias, cuñadita, por el consejo ―contestó con una risa hipócrita.
―Bueno, vamos… que de verdad tengo hambre ―urgió James, dándole unas palmaditas en los hombros a Bella.
Isabella se subió de copiloto en el auto y James como el conductor, Victoria y Edward iban en la parte trasera y este último iba jugando con los rizos desenfrenados de su mejor amiga, a la vez que pasaba sus dedos por el cuello de ella, solo jugando.
― ¡No arrugues si no vas a planchar! ―se quejó Vicky a manera de broma, dándole un manotazo en el hombro a Edward, pero este le plantó un sonoro beso en la mejilla y luego le pasó la lengua.
―Cuando quieras puedo planchar, mis conquistas me dicen que lo hago muy bien ―le susurró Edward de manera coqueta en el oído, para luego tanto James como él soltar una carcajada.
― ¡Pero dile a esa mujer que se menee bien en la cama! Porque andas medio calenturiento ―se burló Victoria.
― ¡Oh, vamos, Vicky! ¡Todo es en juego y lo sabes! ―repuso Edward, abrazándola fuertemente.
―Lo sé, cuchi-cuchi ―susurró ella con una sonrisa, sintiendo como Edward pasaba sus manos lentamente por su cabello, era relajante.
Ella quería a Edward, pero como un amigo, como nada más.
¿Que jugaban de esa manera? Sí, toda la vida había sido así, pero ella ahora tenía a su hombre y por nada del mundo lo engañaría.
Su etapa de libertinaje había muerto hace dos años atrás. Además estaba embarazada y nadie lo sabía, estaba esperando el día de la boda para lanzar la bomba.
Por el espejo retrovisor Bella vio esa escena y se sintió celosa, porque ¿cuánto deseaba ella estar en la posición de Victoria? Mucho, pero no podía.
Aún no tomaba una decisión y, para ser sinceros, no creía que escogiera a Edward, pero tampoco estaba segura de casarse con James.
¿Qué haría? Nadie sabía, pero el tiempo lo diría, aunque ya este se estuviera agotando.
Seis días.
Eso era todo.
No obstante no podía omitir que quería a Edward y mucho… y el sentimiento la asustaba, porque sentía que anhelaba más a Edward que al propio James.
¿Y si a la final no se casaba y se fugaba con Edward? ¿Qué ocurriría con James? Y lo más importante de todo ¿podría dejarlo plantando?
Dudas… eso era lo que Bella representaba en esos momentos.
Justamente una hora después, los cuatro jóvenes estaban sentados en una mesa dentro de una pizzería local, esperando su comida, la cual era pizza, obviamente.
El día había sido bastante movido, o cansador a decir verdad, había sido el último ensayo de la boda y estaban cansados, pero emocionalmente, o al menos Bella y Edward lo estaban.
En todo el trayecto Edward no había dejado de acariciar a Victoria, de manera fraternal, cabe decir, pero tampoco había despegado sus ojos de Bella, quien había sostenido la mano de James en todo el trayecto, lo cual lo había puesto más celoso de lo que estaba. Pero tenía que ser inteligente, así que había sacado conversación y entre líneas le lanzaba indirectas tanto al rubio como a su prometida y Bella en más de una ocasión se ruborizó.
Cuando Victoria gritó todos estaban en silencio, así que, debido a eso, se sobresaltaron.
― ¿Es eso un chupón, Edward Cullen? ―preguntó bastante emocionada Victoria.
Edward, quién masticaba parsimoniosamente un pedazo de pizza, voló sus ojos hacía aquella mujer pelirroja, viéndola con horror a la vez que llevaba sus manos a su cuello.
― ¿Qué? ―preguntó él tocándose el cuello a tientas, como si con eso pudiera borrar aquella marca, que él no sabía que poseía. Bella, la cual compartía un beso un tanto empalagoso con su novio, al escuchar aquello rompió la muestra de afecto y observó a aquellos dos, a Victoria con una pregunta muda en su mirada y a Edward con una ceja arqueada.
― ¡Vaya, vaya, Eddie, tú sí aprovechas las noches de juerga! ―murmuró divertido James, dándole un beso en el cuello a su novia, Edward miró a su mejor amigo y sonrió sin poder evitarlo, lo quería, claro que sí, pero más fuerte era su obsesión con su futura esposa, quien era la causante de aquella marca horrorosa.
― ¿Quién fue la afortunada? ―inquirió Bella burlona, viéndolo a los ojos pícaramente y Edward se mordió el labio deliberadamente, total nadie nunca sospecharía de su relación tras bambalinas.
―Una buena castaña, que me trae bien loco ―respondió él encogiéndose de hombros a la vez que tomaba un espejo que Victoria, muy amablemente, le tendía. Edward acercó aquel objeto a su cuello y efectivamente aquella marca estaba allí, sus labios habían hecho eso.
― ¡La mujer es agresiva y marca lo suyo! ―repuso Victoria divertida por la situación, James soltó una carcajada ante el comentario de su hermana e Isabella sonrió victoriosa, de un modo u otro ella tenía que marcar lo suyo.
Un momento, ¿Edward era suyo?
―Agresiva es poco, créeme ―murmuró Edward, pasando sus dedos sobre el chupetón tratando de borrarlo, pero era en vano. A la final se dio por vencido y suspiró, le entregó el pequeño espejo a Victoria y se volvió hacia los futuros esposos quienes cuchicheaban algo entre sí.
― ¿Una castaña? ―increpó James con una ceja arqueada, pasando su brazo por la cintura de su mujer―. Con tal que no sea la mía todo bien, hermano ―comentó el rubio serio, pero Edward supo al instante que era en broma por la mirada de juego que su, prácticamente, hermano le dedicó.
― ¿Cómo crees, amigo del alma? ―repuso Edward ofendido y Bella se encogió en su sitio, sintiéndose una total perra―. Nunca sería capaz de hacerte algo así, pero lo cierto es que la castaña de la que hablo está comprometida, tiene dueño ―admitió Edward sin apartar los ojos de Bella.
― ¿Y por qué no peleas por ella? ―refutó James―. Si de verdad te trae loco como dices, juégatela todo por el todo, hermano, porque las oportunidades se las lleva el viento y nunca regresan ―aseguró James observándolo apenado―. Si fuera mi caso, lucharía por esa chica, créeme, pero yo ya estoy feliz con mi Bella y pronto nos casaremos eso lo hace aún mejor.
―Ya lo creo ―musitó Edward, tomando un poco de refresco para aplacar la culpa―. James una pregunta ―dijo él de repente. Bella quería salir corriendo de allí, la conversación estaba tomando un rumbo que ella no quería―. Si fuera tu caso y si tú estuvieras peleando por ese amor, pero ella se niega a dejar su puerto seguro, ¿qué harías? ―preguntó Edward, ganándose una mirada sorprendida de Bella, Victoria jugaba con su celular actualizando el Facebook.
― ¿Por qué la pregunta?
Edward suspiró hondo y juntó sus manos para decir:
―Porque ese precisamente es mi caso. Ella nunca dejará su puerto seguro. Yo solo soy algo pasajero.
Los ojos de Bella comenzaron a picar, Edward la observó rápidamente y le sonrió con suficiencia, estaba jugando su última carta.
―Estás jodido, hermano, porque las mujeres son las que deciden en este caso ―admitió James sonriéndole con pesar.
Todos guardaron silencio ante eso y Bella trataba de normalizar su respiración mientras tanto, guardando las lágrimas que purgaban por salir de sus ojos.
―Voy al baño ―comunicó Bella a todos, levantándose de la mesa.
― ¿Estás bien? ―le preguntó su novio y ella asintió sonriéndole con cariño―. Te amo, nena ―le dijo James observándola maravillado.
Edward estaba atento a aquella escena, así que cuando Isabella musitó un: "yo también", sintió que estaba haciendo el papel de cabrón y la verdad, es que así era.

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