Disclaimer: los personajes pertenecen a la señora Stephanie meyer, yo solo me adjudico la trama.
Agradecimientos a: Yanina Barboza, por darme excelentes ideas, ser retorcida y jalarme las orejas cuando escribo una estupidez aquí, aparte de betearme, claro.
¡A leer!
N/T: Este es el antepenúltimo capítulo y ya estoy en marcha con el penúltimo.
Capítulo 9
Día de la boda...
El cielo estaba completamente despejado. Día magníficamente soleado, con una temperatura de 37° centígrados, los pájaros cantando desde alguna parte de afuera, anunciando el comienzo de un nuevo amanecer.
El despertador marcaba las siete de la mañana, Isabella mantenía su cabeza apoyada sobre el pecho de James Stegemann, su prometido, sus piernas estaban entrelazadas con las de él, su mano, cruzada por todo el pecho de su novio, se afianzaba inconscientemente a la franelilla que el rubio llevaba puesta. Su cabello, por completo alborotado, se encontraba cubriendo su hermoso rostro, sus labios, parcialmente abiertos, estaban un poco resecos e hinchados por la actividad de anoche, y las sábanas no cubrían su cuerpo semidesnudo.
James recorría lentamente la espalda desnuda de su mujer, luego de la llamada que había recibido de la clínica por una emergencia con un paciente, había regresado a casa y se había metido en la cama al lado de su prometida, a quien había tenido que dejar luego de una sesión de sexo de convencimiento, y no porque él había tenido que pasar toda la noche, o casi toda, fuera de casa dejándola sola, no, era porque ella quería salir.
Sus dedos trazaban figuras sin sentido en la piel blanquecina de los hombros de la castaña, el rubio se las había ingeniado para medio sentarse contra el cabecero de la cama, pudiendo así verla mejor, y se dio cuenta de algo al apartar el cabello de Bella de su rostro. En su cuello, justamente en la unión del cuello con la clavícula, había un gran chupón, se podía ver claramente la forma de la boca y sonrió con ganas, porque el causante de eso había sido él anoche, pero lo que él no recordaba era que su chupón había sido en el hombro de Bella y no en su cuello. Y que el causante de aquel chupón en el cuello de la mujer con la que se iba a casar era, nada más y nada menos, que su mejor amigo.
La piel de Isabella se erizó un poco, y James llevó sus manos un poco más abajo por el cuello de la chica, pero no podía ir más allá porque la despertaría y no quería eso, aún faltaba una hora para que los separaran y comenzara el día ajetreado que les esperaba.
James tomó la mano izquierda de Bella, la cual estaba sobre su pecho, y delineó el anillo de compromiso que le había comprado en Tiffany's hace ya unos meses atrás.
Matrimonio, él nunca en su vida imaginó que llegaría ese momento, o que por lo menos conseguiría a una mujer que lo tuviera en la palma de la mano como para él dar ese paso, pero aquí estaba, con solo unas horas separándolo de la gran ceremonia y, a decir verdad, no podía estar más emocionado y feliz por eso. Era como un niño en Navidad, cuando este está esperando que Santa baje por la chimenea a dejar sus regalos bajo el árbol y desea verlo con todas sus ganas, pero eso nunca sucedía, solo que en esta situación él sí vería a Isabella vestida de blanco, con un velo, un bouquet, caminando del brazo de su suegro hacia él, para unir sus vidas para siempre, como él deseaba.
Un suspiro escapó de sus labios y Bella se removió un poco, murmurando algo entre dientes, lo cual James pudo captar.
―No puedo… lo siento. ―Bella frunció su ceño aún dormida, y luego dejó de moverse, pero lo que al rubio le había llamado la atención era lo que ella había dicho. ¿Qué no podía Isabella y por qué lo sentía?
No le tomó mucha importancia a eso y siguió con su tarea.
¿Qué había hecho él para merecer a una mujer como Isabella Swan?, se preguntó el rubio, y la respuesta era nada, porque James, en su adolescencia, había sido un perro que jugaba con las mujeres, nunca fue un santo ni mucho menos, pero nadie lo es, y él no era la excepción, pero era como algo contradictorio.
James siempre había escuchado decir a su padre que uno recogía lo que sembraba, ¿entonces eso quería decir que, después de todo, él no había sido tan malo en su pasado? Porque Isabella era lo siguiente a la palabra buena, ella era excelente.
Independiente, con un trabajo estable, con una familia que la adoraba, respetuosa, puntual, amable, generosa y por sobre todas las cosas honesta.
¿Qué había hecho él para merecerla? Era su pregunta constante y, aunque no se quejaba, quería saber la respuesta a eso.
Tal vez era un regalo de Dios, o quizá era posible que fueran cosas del destino.
Lo que era verdad, era que no importaba por qué él estaba con Bella, el solo saber que sería para toda la vida y que, en algún momento, él formaría una familia con ella, lo hacía feliz, más de lo que ya era, por supuesto.
Familia, ¿cómo sería él con hijos?, pensaba James, imaginando en su cabeza una hermosa nena de cabellos caoba, con ojos como los de su madre, o con el color de su cabello, pero con los ojos del color de Bella, sería una preciosidad, una muñeca. ¿O podría ser un varón para que fuera el Junior? Todo podía pasar en la vida, y él estaba más que dispuesto a comenzar a buscar eso que tanto él quería y aún no tenía, o no se había planteado en tenerlo, a decir verdad.
― ¿Qué hora es? ―murmuró Bella entre sus sueños, sacando a James de sus pensamientos, el rubio bajó su mirada sonriéndole al ver que Bella fruncía sus ojos y enterraba su rostro entre sus costillas, buscando con una mano la sábana para cubrirse.
―Temprano ―se limitó a decir, ella asintió perezosamente y se quedó en silencio, manteniendo sus ojos cerrados.
―Duerme ―le instó la castaña entre dientes, no siendo plenamente consciente de lo que decía, pero el rubio no podía cerrar sus ojos y ser ajeno a todo lo que estaba por pasar, estaba ansioso y nervioso.
Ya quería estar con el cura para que los declarara, de una vez por todas, marido y mujer, no podía esperar más.
―No tengo sueño, muñeca ―le susurró él deslizándose un poco hacia abajo, levantándola de su pecho para ponerse a su altura.
―Yo sí, acompáñame ―le pidió con voz ronca, pegándose a él como un chicle a la ropa.
―Tenemos que despertarnos, cielo ―le recordó él de manera cariñosa.
―Un ratito más. ―Bella dio la vuelta sobre sí y apoyó su espalda contra las costillas de James, poniéndose en posición fetal, buscando las manos de su novio para pasarlas por su cintura, así era como generalmente dormía, con él abrazándola.
James negó con su cabeza divertido, pero la rodeó con sus brazos a sabiendas de que si no lo hacía Bella se pondría quisquillosa y chillona.
Pasando una mano bajo el cuerpo de Bella, y la otra por su cintura, la acercó a él, quien se había puesto en la misma posición que Isabella, solo que había metido sus piernas entre las de ella...
―Duerme, bebé. ―Ella asintió y medio sonrió cuando sintió una mano de James jugar con su cabello, acariciándolo para que ella se quedara dormida.
―Te amo ―musitó ella un poco ininteligible.
―Yo más. ―James besó su hombro y cerró sus ojos, tratando de relajarse un poco.
Pasados unos minutos los dos dormían flácidamente, mientras que en la habitación de la pelirroja, Victoria hacía su visita matutina al inodoro vomitando.
Toda la maldita noche se la había pasado en vela luego de lo que había presenciado. ¿Cómo esos dos habían podido hacerle eso a su hermano luego de la confianza y el amor absoluto que él les había profesado? ¿Cómo Bella siquiera había podido seguir con toda esa locura? ¿Cómo demonios ella veía a su prometido a los ojos, y luego se iba a revolcar con Edward, para posterior a eso, volver a los brazos de James y sin mostrar ningún signo de arrepentimiento? ¿Tan sangre fría era su cuñada? ¿Tan sin corazón? ¿Tan… perra? Porque así se había comportado Bella desde el principio, como una gran y maldita zorra.
No era de mujer fiel andar con uno y con otro a la misma vez, ni muchos menos cuando ese otro era el mejor amigo de su prometido, su casi hermano, no cuando se sabía que entre esos dos hombre había una gran amistad de por medio. Amistad, la cual se iría por la borda.
¿Cómo había podido Edward? Se suponía que James era como su hermano. ¿Cómo había tenido las bolas para hacerlo? ¿Por qué se había prestado para ese juego? ¿Tan siquiera ellos se conocían de antes? Y si venían engañando a James, ¿desde cuándo era entonces? ¿Un mes atrás? ¿Dos? ¿O desde el comienzo?
Decepción, eso era lo que sentía Victoria en esos momentos, tanto por Edward como por Bella, su cuñada, desgraciadamente.
Edward, la pelirroja lo tenía en un pedestal, ella sabía que él era un rompecorazones, de primera mano ella lo había padecido, había llorado cuando Edward le había dicho que no podían seguir con las revolcadas porque no sentía nada por ella, que la veía como una hermana, pero luego eso había pasado y al transcurrir los años ese hombre había calado en su corazón como si fuese su hermano. Ella lo quería, lo amaba, era algo fraternal su relación, y por eso nunca, ni por más retorcida que ella fuera, se le hubiera pasado por la mente que el cobrizo pudiera ser capaz de tal cosa tan espantosa, retorcida y morbosa.
¿Por qué con Bella y no con otra? Él, precisamente Edward Cullen, tenía la posibilidad de tener a la mujer que quisiera en cualquier momento entre sus piernas, pero no, él se había tenido que fijar, justo y precisamente, en Isabella Swan, la prometida de su hermano.
Todo era tan malditamente retorcido. ¿Cómo dos seres humanos son capaces de engañar? ¿Sería que no pensaron en el daño que podrían causar? O bueno a lo mejor y ellos no tenían planeado que nadie se enterara de su relación tras bambalinas y Victoria tampoco tenía planeado darse por enterada de ese acto tan bajo, pero así eran las cosas.
Por otro lado estaba Bella, Victoria la quería, era su cuñada, con ella había entablado una relación de casi hermanas, habían hecho travesuras cuando en sus tiempos Vicky seguía en su libertinaje, muchos momentos, pero tampoco, de igual manera, se imaginó que ella llegaría a engañar a su hermano. Tanto amor que se profesaban el uno con el otro que... ¿quién se iba a imaginar que solo sería una mentira? Ella era el lobo disfrazado de oveja.
Ahora se daba cuenta de todo.
Las salidas constantes de Bella, las coincidencia entre las salidas de Edward y las de su cuñada, cuando a veces llegaban juntos a la casa, o esa vez que ella entró a la habitación de Edward y este respiraba muy agitado y Bella trataba de arreglar su blusa.
Eran tantas las señales, y todos estaban ciegos.
Nadie pensaría que ellos fueran capaz de hacerlo, pero lo habían hecho, en sus caras, en sus habitaciones, afuera, siendo ellos testigos, pero todos tenían los ojos vendados.
Bella sabía lo que hacía, Edward también. Ambos eran conscientes de la cochinada que cometían noche tras noche.
¿Acaso el remordimiento no los mataba?
Y lo que más carcomía a la pelirroja era si... ¿habría boda?
¿Qué debía hacer ella?
Por más que Edward fuera su amigo, James era su hermano y estaba primero que todos, pero Victoria sabía que su hermano sufriría, entonces se encontraba en una disyuntiva ¿se lo decía a James o no?
¿Él sufriría? ¿De verdad valía la pena decírselo? ¿Quién le aseguraría a ella que ellos no lo harían más? ¿Debería hablar con Bella y con Edward? ¿Bella se casaría?, esa era la pregunta que más necesitaba ser respondida, pero ¿quién lo haría? ¿Qué se suponía que debía hacer?
No quería ver sufriendo a su hermano, pero tampoco podía mentirle. No podía permitir que Bella y Edward le siguieran viendo la cara de estúpido, pero… ¿ella estaría dispuesta a enfrentar a dos hermanos por una mujer? Y si lo hiciera ¿cuál sería la reacción de James?
Tenía que tomar una decisión y contaba con solo unas horas para hacer algo o callar para siempre.
…
― ¡James, Bella, despierten! ―gritaba Victoria desde el otro lado de la puerta.
Ya eran las nueve de la mañana y Victoria junto con Edward, llevaban tocando la puerta de la habitación de los novios por más de 30 minutos.
―A lo mejor están haciendo cosas ―habló Edward, pulcramente bañado, afeitado y vestido, claro, aún no con el esmoquin, pero iba casual; unos jeans, una camisa, unos zapatos deportivos y estaba listo para comenzar el día, aunque él no había podido dormir en toda la noche desde que Bella había abandonado su habitación.
La pelirroja se tragó toda la rabia que tenía dentro y que quería profesar hacia Edward y sonrió coqueta, como siempre lo hacía con él.
―Es muy probable, pero que esperen hasta la luna de miel ―repuso ella riéndose, para luego seguir tocando―. Si están haciendo algo malo, cúbranse que entraré ―gritó Victoria con llave en mano, ya era muy tarde y la boda era a la una, necesitaban arreglar a Bella… y ella tenía que ayudarla, había tomado una decisión y esperaba, con todas sus fuerzas, que esta no tuviera repercusiones en el futuro, cosa que dudaba.
Edward se envaró y Victoria deseó que su hermano y Bella estuvieran en algo comprometedor, solo para ver la cara de dolor que pondría el cobrizo.
Ella no sabía si él la amaba o si era cosa del momento, y aunque ella había escuchado a Bella decirle te amo a Edward y viceversa, no lo aceptaba, porque eso pudo haber sido por la situación en la que estaban y uno en la cama tiende a decir cosas por decir, no todos, pero la mayoría.
Pero allí adentro, solo se encontraron con la escena más tierna del mundo, y era mil veces mejor a que estuvieran en una situación bastante incómoda para Edward, pero él, en lo personal, hubiera preferido verlos íntimamente, que así… tan pareja, no había otra palabra para describir aquello.
Bella estaba en posición fetal, dándole la espalda a James y este la abrazaba por la cintura y por debajo de su cuerpo, apoyando su mano inconscientemente en el vientre plano de Bella, con sus manos unidas y sus piernas entrelazadas de una manera difícil de explicar; la otra mano de James estaba entre el cabello de Bella y este posicionaba su rostro en el cuello de su mujer, respirando en su oído, prácticamente encima de su cuerpo.
Bella de manera inconsciente se apretaba más a James, buscando comodidad, Vicky volteó a ver a Edward y debe admitir que le dolió la expresión de tristeza que él tenía en el rostro, pero él se lo había buscado, él había sido el tercero, él, justamente él, había sido el amante de la mujer de su hermano, ahora que no viniera a sufrir, porque él no era gafo, él sabía muy bien en qué se metía al comenzar con aquel círculo vicioso.
Victoria sonrió y empezó a jalar las sábanas que cubrían a la pareja, para encontrarse con una Bella en bata de seda, la cual estaba fuera de su lugar, dejando ver unas largas y cremosas piernas, con solo unas bragas y aquella bata. Edward tragó en seco.
―Chicos, vamos, ¡hoy se casan! ―comenzó a hablar Victoria, ya con su cabello completamente liso cayendo sobre su rostro.
Bella murmuró algo y se movió quedando enfrente de James, este la pegó más a su cuerpo y buscó con su mano una almohada y la lanzó a ciegas hacia la procedencia de la voz de su hermana.
―Lárgate, Vicky, ¡tengo sueño! ―gruñó James y Bella abrió un ojo y lo volvió a cerrar rápidamente, escandalizada por la luz de afuera.
― ¡Vamos, chicos!, son las diez de la mañana ―les informó ella, tomando un brazo flácido de Bella.
―No jodas, Victoria, no iré peinada entonces, no creo que a James le importe ―masculló y su voz se escuchó amortiguada por la piel de su novio.
Edward la veía por una parte enternecido y por otra enojado.
No hace mucho le había dicho que lo amaba y ahora la veía aquí en los brazos de él, era difícil y para el colmo era el día en que se casaría… bueno, si no tomaba otra decisión.
―No, no me importa ―aseguró el rubio abrazando a Bella.
― ¡Edward, ayúdame! ―exclamó Vicky indignada, el aludido parpadeó, la hermana de James sabía que con eso haría despertar a James y sobre todo a Bella, quien, efectivamente, abrió sus ojos como platos encogiendo sus piernas para poder cubrirse.
Victoria rodó los ojos y bufó. ¡Ahora se la da de digna!, pensó.
Edward se acercó a su amigo y lo tomó de un brazo.
―Vamos, hombre, es tarde y hoy te casas. ―En cada una de esas palabras iba impreso el dolor, la tristeza y la desesperación de Edward al no saber qué esperar por parte de Isabella Swan.
―Un ratito más ―pidió ahora James, y Bella rio al recordar que ella había dicho justamente eso, horas atrás.
Bella se sentó en la cama y se arregló el cabello, por la mirada periférica Edward pudo ver cuando se pasaba las manos por el cuello y fruncía su ceño y allí lo vio, su marca. Sonrió sin poder evitarlo y la castaña lo observó arqueando una ceja, Victoria estaba atenta al intercambio entre ese par.
―Cariño, vamos, ellos tienen razón es tarde ―murmuró ella, abriéndole los ojos a James con sus dedos, este murmuró una obscenidad y colocó su cabeza en el regazo de Bella.
―No seas un crío, James, ¿acaso no te quieres casar? ―inquirió Victoria un tanto molesta, las hormonas, más el embarazo, el no dormir y el tener un secreto entre pecho y espalda no ayudaban a su humor.
―Por supuesto que sí ―declaró el aludido sentándose de golpe en la cama, haciendo que Edward casi cayera.
―Claro, aunque siempre la novia puede retractarse, ¿no es así, cuñadita? ―increpó con toda la malicia posible aquella pelirroja malvada, Bella abrió sus ojos como platos y, sin poder evitarlo, sus ojos volaron hacia los de Edward, quien esperaba una respuesta.
Antes de que ella pudiera decir algo, habló James:
―Bella nunca me haría eso, hemos esperado esto por meses; además, nos amamos. ―Y como para confirmar más eso, le dio un beso a su novia, Edward se envaró y cerró los ojos, Victoria sonrió y no apartó la mirada de Bella, quien se veía culpable y terriblemente indecisa.
―No, claro que no ―dijo Bella luego del beso, sin saber por qué.
Eso fue suficiente para que Edward saliera de la habitación sin dar explicación alguna, Victoria sonrió triunfadora y Bella observó a su cuñada de mala manera, no sabía el porqué, pero presentía que algo ocurría con esa mujer.
Victoria nunca era así de hostil con ella y, si sus sospechas eran ciertas, debía actuar bien, ya su decisión estaba tomada, solo esperaba la hora de darla a conocer.
No podía hacer a todos felices, pero, egoístamente, había elegido para su beneficio y lo que a ella le llenaba, con quien se sentía más a gusto.
James se levantó y se dirigió al baño, dejando a solas a su hermana y su prometida, casi futura esposa, preguntándose a su vez, por qué Edward había salido de esa manera de la habitación.
Victoria por su parte desafiaba a Bella con la mirada y esta se la retenía.
―Vamos a arreglarte, cuñada ―apuró la embarazada.
―Victoria ―llamó Bella, la aludida la observó y esperó―, ¿me quieres decir algo? ―preguntó un tanto temerosa a la posible respuesta, pero su cuñada la sorprendió diciéndole:
―No, Bella, ¿por qué?
―No, nada… es que, estás rara ―admitió encogiéndose de hombros.
―Es que estoy ansiosa por la boda, Bella, ¡ya quiero verte casada con mi hermanito! ―gritó ella lanzándose encima de su "futura cuñada" legalmente.
Isabella asintió y sonrió.
Por lo menos ahora estaba segura de que no era nada.
Si tan solo supiera.
…
Bella se contemplaba en el espejo, solo esperaba porque llegara la limusina que la estaría llevando junto con su padre a la iglesia.
Desde que Victoria y Edward habían irrumpido en su habitación, la carrera enloquecida había comenzado. James se había ido con Edward a arreglarse y ella se había quedado con su madre, su suegra y su cuñada, aparte de los estilistas que la estaban arreglando.
Aún no olvidaba la pena que la había hecho pasar Vicky cuando le vio aquel chupón en el cuello y como la había atosigado con preguntas de cuándo, cómo y dónde se lo había hecho y, aunque Bella no lo quisiera admitir, Victoria le había insinuado que si el causante de eso no había sido otra persona diferente a su hermano, cosa que dejó a la castaña en el aire, mientras que la pelirroja hacía porras en su mente.
Pero luego de eso no había sucedido nada alarmante o fuera de lo común, aparte de las bromas de la luna de miel y de que no se le ocurriera dejar a James plantado en la iglesia, porque este sería capaz de buscarla por cielo, mar y tierra.
Y ahora ella estaba allí, lista.
Su vestido blanco y vaporoso caía hasta el piso con gracia y elegancia, sus labios pintados de un rojo carmesí resaltaban su rostro levemente maquillado, su moño flojo y adornado por pequeñas flores junto con el velo le daban un aire de pureza, pero algo no cuadraba con todo aquel atuendo, faltaba lo más importante… ese brillo en su mirada, en esos ojos achocolatados, allí en lugar de la dicha por estar próxima a casarse, se encontraba la duda de lo que iba a hacer, estaba insegura.
Ella amaba a James, pero también a Edward, pero ya estaba vestida, no podía dar marcha atrás, no podía simplemente dejar a James, él sufriría…
Como Edward lo hará, le susurró su conciencia.
Y era verdad, pero desde su punto de vista, James era lo más seguro para ella, porque ¿qué tenía con Edward? Nada, lo amaba sí, había sido inevitable, pero ¿era un amor por el cual algún día podría llegar a llorar? No estaba completamente segura, en cambio con James todo era distinto, a ella le dolía James, si él sufría ella también, era algo ya planeado.
Había sido lindo mientras duró y lamentablemente Edward la odiaría por eso, pero, de manera egoísta, prefería que Edward la odiara, a que James sufriera.
Con James habían sido 4 años.
Con Edward solo 3 meses.
Con James lo sabía todo, ella sabía que él estaría para ella, que sería el padre de sus hijos, que llegaría con él hasta viejos, en cambio con Edward todo era indescifrable, ella no sabía qué podría suceder si tan solo ella se decidiera por él.
Ella vivía aquí y él tenía su vida en Inglaterra, su profesión, su trabajo y ¿quién sabía si hasta una mujer?
Todo había empezado con el mal pie y así iba a terminar, porque todo lo que comienza mal, termina mal, es la ley.
Solo deseaba que Edward la perdonara, ellos no debían estar juntos, nunca debieron hacer lo que habían hecho, pero lo hicieron y ya no podían hacer nada para regresar el tiempo, pero nunca era tarde para tratar de hacer lo correcto y Bella lo haría.
Se casaría con James, esa era su decisión final y Edward… él solo quedaría como un lindo recuerdo en su memoria.
Sabía muy bien que Edward no dejaría su amistad con James al saber la decisión que ella había tomado, Bella sabía que el cobrizo apreciaba la amistad de James, aunque no lo pareciese, y también sabía que él era inteligente; además, Edward le había prometido respetar su decisión, solo esperaba que lo cumpliera.
En ese momento la puerta de su habitación fue abierta, ella respiró hondo a sabiendas de que ya era hora, puso una sonrisa en su boca y trató de que aquel brillo llegase a sus ojos y así fue.
―Bella... ―Nadie la había venido a buscar, era Edward quien estaba allí, infundado en su esmoquin, mirándola con las manos extendidas y las lágrimas hicieron acto de presencia, era momento de decir adiós.
―Edward, ¿qué haces aquí? ―preguntó ella, dejando el bouquet en la cama y acercándose a él.
―Dime que ya tomaste tu decisión ―le imploró él―. Dime que no te casarás con él.
―Edward, tienes que confiar en mí, por favor ―le suplicó Bella, huyendo de su mirada.
En unas cuantas zancadas él estuvo enfrente de ella, tomándola del rostro, haciendo que lo mirase.
― ¿Me amas, Bella? ―preguntó él, reteniendo todo el aire en sus pulmones, pero ella no respondió al instante―. Nena…
―Sí, Edward, te amo ―contestó mirándolo a los ojos, era la verdad, pero no podía―. Ahora vete, sabrás mi decisión en la iglesia ―le juró.
―Bella, pero…
―En la iglesia, Edward, ahora vete, deben estar preguntándose por ti ―le apuró ella, empujándolo lejos.
―Una cosa ―dijo Edward acunando su rostro entre sus manos―. No olvides que te amo y que prometí que respetaría tu decisión, pero…
―Edward, ¡tienes que cumplir tu promesa! ―chilló ella, a sabiendas de lo que iba a decir.
―Te amo, no lo olvides ―le susurró fervientemente mirándola a los ojos, para luego darle un beso engullidor.
Sus labios se movían de manera desesperada y sus lenguas jugaban una batalla sin fin, el labial de Bella se había corrido por completo, manchando a Edward en el acto, las manos de él estaban siendo tiernas, pero fuertes a la vez y los dos ya comenzaban a respirar agitados.
―Vete, vete… ―masculló Bella sobre sus labios, temerosa de que alguien entrara. Edward unió su frente con la de ella, aspirando su aroma, cerrando los ojos fuertemente.
―Te amo ―le dijo, dándole un último beso antes de irse y una lágrima rodó por la mejilla de ella.
―Yo también ―susurró mirando como la puerta se cerraba, se dio la vuelta rápidamente y se limpió los restos de labial para ponerse un poco más.
Un minuto después que ella terminase de poner la pintura en la boca, la puerta fue abierta por su padre.
― ¿Lista, nena? ―le preguntó este.
Ella sonrió y asintió, cogiendo su bouquet para irse tomada del brazo de su padre a casarse con James, su novio de hace 4 años.
No Edward. No nada.
Por su parte, Edward salía de la casa de su amigo y sin querer chocó con Victoria, quien también se iba con Bella en la limusina, vestida impecablemente en un traje de chiffon color champagne, esta al verlo exaltado y con restos de pintura labial en su boca no aguantó y le dijo:
―Por lo menos dile a Bella que te limpie los restos de labial ―le recriminó, tendiéndole una toalla húmeda que había sacado de su bolsa, para luego subir las escaleras, dejándolo estupefacto.
Victoria sabía.
…
En la limusina, Isabella miraba por la ventanilla, con su padre observándola detenidamente, por su mente pasaban una y otra vez escenas de ella con Edward y sin querer sonrió con nostalgia, sentía una sensación extraña en el estómago, como si quisiera vomitar, los nervios le estaban ganando. Sus manos sudaban levemente y su temperatura corporal estaba fría.
Victoria la analizaba con la mirada, la odiaba, por todo. Por engañar a su hermano, porque fue con Edward, porque Bella había hecho bien todo, tan bien que nadie se dio cuenta de nada, a excepción de ella.
Nadie sabía cómo terminaría esto, pero Victoria sí, Bella se casaría con su hermano y listo, luego ella tendría que hablar seriamente con Edward, total él ya sabía que ella estaba al tanto que él y Bella están juntos o lo estaban.
…
Todos estaban en la iglesia, solo esperaban que la novia llegase, Edward iba entrando apresurado a colocarse en su lugar, James lo observó con una sonrisa y este se la devolvió.
Los dos estaban nerviosos.
James porque se iba a casar y Edward por no saber cuál era la decisión de Bella, aquella pequeña conversación lo había dejado confundido, con un amargo sabor en la boca. Pero él confiaba en Bella, tenía que hacerlo.
Minutos después se escucharon las notas de la marcha nupcial, ya Victoria estaba en su puesto, mirando alternativamente de James a Edward y luego a Bella al final del pasillo de la mano de su padre, en su vestido de novia y negó con la cabeza.
Había hecho lo mejor para todos, era lo que debía hacer.
Así no habría arrepentimientos después.
Bella caminaba con su corazón tronando en sus oídos, desde el lugar donde estaba, podía ver la sonrisa de amor que James le ofrecía, la mirada de desesperación con que la veía Edward y la expresión de suficiencia de Victoria.
Todos los invitados estaban allí, amigos, familiares, compañeros de trabajo, ellos.
El pasillo se hizo demasiado corto, las palabras del padre también y cuando vino a darse cuenta, el padre le hacía la pregunta más importante de su vida:
―Isabella Marie Swan, ¿aceptas a James Stegemann como tu legítimo esposo, para amarlo, respetarlo, en la salud y en la enfermedad, en la pobreza y en la riqueza, y serle fiel todos los días de tu vida hasta que la muerte los separe?
Los ojos de Bella estaban anegados en lágrimas y sus manos temblaban, los ojos de Edward también estaban llenos de lágrimas, pero todos lo interpretaban como la alegría de ver a su amigo casándose, cuando la realidad no era así y Victoria esperaba una respuesta.
James estaba enfrente de Isabella, tomándola de las manos, con el corazón en la boca y una sonrisa de nerviosismo.
―Isabella ―llamó el padre, ella miró a James y luego buscó a Edward con la mirada, quien, prácticamente, le gritaba con sus ojos "no lo hagas".
―Bella... ―le susurró James.
―Sí… sí. ―El nudo en la garganta le imposibilitaba el habla y una lágrima rodó por su mejilla, todos se enternecieron por eso y Edward lo supo en ese momento, pero las palabras se lo terminaron de confirmar―. Sí, acepto ―respondió sollozando, James le secó las lágrimas pasando sus manos por debajo del velo y sonrió victorioso.
Victoria saltaba en su puesto y Edward se dejó caer en el banco decorado de la iglesia, sin importar lo demás, dejando que aquellas dos simples palabras se procesaran en su cabeza.
―James Stegemann, ¿aceptas a Isabella Marie Swan como tu legítima esposa, para amarla, respetarla, en la salud y en la enfermedad, en la pobreza y en la riqueza, y serle fiel todos los días de tu vida hasta que la muerte los separe?
James apretó las manos de Bella y tomó una respiración profunda, para responder.
Bella cerró sus ojos y esperó la respuesta a sabiendas que ya estaba casada, Edward seguía ido de la iglesia, su cuerpo estaba allí, pero no su mente, aunque al escuchar la contestación de James levantó su mirada, sorprendido.
―No ―susurró claro y alto―. No me caso contigo, Isabella Swan.
La aludida se quedó congelada en su puesto, tratando de comprender aquellas palabras.
¿Qué demonios estaba sucediendo?
― ¿James? ―preguntó ella extrañada.
Los murmullos de los invitados se hicieron presentes y Charlie miraba a James con ganas de estrangularlo, estaba dejando plantada a su bebé.
―No me caso con ella, padre… ―susurró James, mirándola con odio.
Todo había caído, él sabía que había sido engañado y nada más y nada menos, que por su mejor amigo ―o era lo que creía él― y su prometida.
El círculo vicioso se había roto, finalmente.
No hay comentarios:
Publicar un comentario