Capítulo beteado por Tamara Escobar
Capítulo 7
Lucia se había quedado en ropa interior. El conjunto era de color negro y de encaje, dejando nada a la imaginación.
— ¿Divertido? —inquirió ella arqueando una ceja, a la vez que se sentaba en el regazo de Aran y lo abrazaba por el cuello. —Yo más bien diría placentero —comentó mordiéndose el labio inferior.
—Eso no lo sé, tendría que comprobarlo por mí mismo, ¿no crees? —Las manos de Aran habían tomado la cintura de Lucy para sentarla mejor sobre él.
—Te aseguro que si —susurró ella tragando saliva.
Sin previo aviso Aran la besaba salvajemente, succionando sus labios con desesperación, como si no hubiera mañana.
Las manos de Lucia comenzaron a pasear sobre el abdomen de él, remarcando cada línea de aquel escultural cuerpo. Los besos seguían y la respiración de ambos se hacía cada vez más forzosa.
El hombre de los ojos color turquesa rompió el beso para bajar por el cuello de la pelirroja, ésta echó su cabeza hacia atrás, dándole un mejor acceso.
Aran dejó un beso en la parte de atrás del cuello de Lucy y esta rió, él la observó extrañada.
— ¿Qué te da risa? —preguntó volviéndola a besar rápidamente, cuando la dejó libre Lucia respondió:
—Que me beses en esa zona. Es sensible para mí.
Aran frunció sus labios.
— ¿Qué tan sensible es? —La besó otra vez allí mismo.
—Mucho. —La voz de Lucia salió ronca.
— ¿Cuánto es mucho? —La besó pero del otro lado.
—No sé qué… —Un gemido salió de su boca cuando Aran mordió esa parte de su cuerpo.
—No me has respondido. Las reglas —le recordó.
—Demasiado, me da cosquillas —musitó entre dientes, retorciéndose entre los brazos de él, Aran la sostuvo fuertemente.
— ¿Demasiado? —preguntó de manera insistente el ojiturquesa, ella asintió. — ¿Ahora te da cosquillas? —En vez de besarla, esta vez rozó sus labios solamente.
—No —admitió Lucia.
—Dime que sientes —ordenó Aran pasando su lengua por allí mismo.
—Es extraño, siento… —Ella cerró sus ojos y se dejó llevar por las sensaciones.
— ¿Qué? —insistió él.
—Placer —confesó Lucia abriendo los ojos para mirarlo fijamente.
Ambos se quedaron mirando por un minuto, Aran llevó sus manos al cierre del brasier, pero no lo encontró.
— ¿Dónde? —Lucia sonrió y señaló con su dedo índice el broche, el cual se encontraba en la parte delantera. —Esto se pone cada vez más interesante —reflexionó Aran en voz alta.
El brasier se fue junto con la camisa de Aran, ella quedo desnuda de la cintura para arriba y él de igual manera.
Aran pasaba sus manos por los senos de la pelirroja y esta se retorcía de placer entre sus brazos, diciendo palabras incoherentes.
—Agradéceme —pidió el hombre de ojos color turquesa mordiéndole el hombro a Lucy.
— ¿Por qué? —increpó ella jadeante.
—Esa palabra es hermosa cuando sale de tus labios. —Él comenzó a jugar con unos de los pezones de la joven, mientras daba pequeños mordiscos a su cuello.
—Creo que no es necesario que te lo diga. —Lucia levantó el rostro de Aran y lo besó apasionadamente, pero él la apartó de manera brusca.
— ¡Dilo! —La voz de él sonó grave, con la orden implícita en la palabra.
—Aran —farfulló ella al sentir como una de sus manos bajaba por su abdomen.
— ¡Hazlo!
Y un episodio vivido hace aproximadamente una semana y media atrás se revivió en la mente de la joven.
“…Repite conmigo: no despreciaré más a las personas…” el recuerdo de Manuel ordenándole decir eso inundó su cabeza.
—Lucia agradéceme. —La voz de Aran la trajo de vuelta a la realidad.
— ¡Gracias! —exclamó cuando sintió como los dedos de él rozaban su intimidad.
Él comenzó a estimularla lentamente y Lucy comenzó a moverse sobre los dedos de Aran tratando de buscar más fricción.
La pelirroja apoyo su frente sobre la de su socio cuando sintió que la mar de sensaciones estaban por atacarla, sus piernas se pusieron rígidas; su bajo vientre se contrajo; su respiración se hizo más pesada y lo único en lo que pensaba era en que quería más, mucho más.
—Necesito más —suplicó ella jadeando sobre el rostro de él, la presión sobre aquel botón de placer aumentó y Lucia sentía que iba a enloquecer. Pero cuando ya ésta casi alcanzaba la cima del cielo, bajó rápidamente en un espiral, chocando duramente contra el piso. Aran había dejado de estimularla y la observaba con una sonrisa maquiavélica.
— ¿Qué…—ni siquiera fue capaz de formular la pregunta, no coordinaba lo que estaba pensando.
— ¿Disfrutas? —preguntó Aran tomándole el rostro para observarla directamente a los ojos. El ceño de Lucia se frunció.
—No piensas dejarme así ¿cierto? —inquirió ella con la voz temblorosa, lamiéndose sus labios, a la vez que trataba de calmar su respiración.
—Así, ¿cómo? —Aran pasó su dedo pulgar por los labios de Lucia, separándolos levemente.
— ¿Frustrada? ¿Desesperada? ¿Con necesidad de liberarse? —dijo con ironía ella, removiéndose sobre el miembro de su socio.
—Esas no son respuestas, son preguntas y yo necesito respuestas —le informó metiendo su dedo índice dentro de su boca, Lucia lo mordió.
—Por favor —le imploró casi lloriqueando llevando una mano hacia el botón del pantalón.
—Por favor, ¿qué?
—Esto es injusto —se quejó la joven.
— ¿Cómo quieres que haga algo sino sé lo que quieres? —increpó él siseando entre dientes al escuchar el cierre de su pantalón bajar.
Lucia metió su mano dentro del pantalón y apretó la erección que Aran tenía.
— ¿Vas entendiendo que quiero? —preguntó ella con voz maligna. A esto podían jugar dos.
—Algo —admitió él sacándole la mano de allí, pero ella se negó.
—Me dijiste que te dijera que quería, pero mejor si te lo explico, ¿no crees? —le susurró en su oído. Aran soltó una fuerte carcajada y luego se mostró serio.
—No, no creo —respondió rápidamente.
—Que mal. —La mano de Lucia empezó a moverse lentamente sobre la longitud de él, Aran apretó su mordida y respiró pausadamente.
—Eso… —farfulló entre dientes el hombre de ojos color turquesa, los cuales ahora estaban de un verde oscuro—. No… —negó con su cabeza imperceptiblemente, tratando de buscar cordura en alguna parte de su cerebro, pero esta se había ido de vacaciones y no pensaba volver durante un largo tiempo, no mientras Lucia lo estuviera estimulando de esa manera.
— ¿Quieres decir algo, querido? —Ella era mala cuando se lo proponía y aún tenía esa amarga sensación bajo su vientre por no haber alcanzado su orgasmo y todo por culpa de Aran, pero se lo haría pagar.
—Deja… —Ella apretó más el agarre y sintió como Aran tembló bajo su cuerpo, él dejó de hablar ipso facto
—Silencio —ordenó Lucia, trabajando más rápido, Aran bajó sus manos hacia las caderas de ella y las apretó fuertemente conteniéndose.
La mano que Lucia Strong mantenía desocupada, se apoyaba en el respaldo del sofá para estar mejor equilibrada, Aran por su parte se mordía los labios fuertemente tratando de mantener una expresión serena, calmada y no trastornada, pero era una misión imposible. Solo sentir el tacto de esas manos tan suaves en esa zona tan sensible hacia que su cabeza volara muy lejos de ese apartamento.
Los movimiento de la pelirroja se hicieron más veloces y ella podía sentir como la liberación de Aran se acercaba. El agarre de él se hizo más fuerte, y con su mirada buscó los ojos de Lucia, los cuales lo observaban perversamente.
Bruscamente la mano de ella se detuvo, los ojos de Aran se salieron de su cuenca y éste la fulminó con la mirada.
—No, no, no, cariño tu seguirás con esa mierda que estabas haciendo —afirmó Aran tomando la mano de Lucia llevándola a donde estaba con anterioridad.
— ¿Cómo se siente no obtener lo que uno desea con desesperación? —inquirió Lucy con una sonrisa sádica en sus labios.
—Mal, muy mal. Hazlo —le demandó con voz fuerte él.
— ¡Oh no! Tú también me dejaste así y yo me aguanté —dijo ella arqueando una ceja.
—Acá se hacen las cosas como yo quiera, no como a ti se te dé la gana, así que… Hazlo. —Lucia estaba jugando con fuego y saldría quemada.
—No quiero —se levantó de encima de él y recogió su ropa lentamente, estaba colocándose el brasier cuando unas manos la sujetaron por los hombros y la acorralaron contra la pared de vidrio. La mejilla de Lucia estaba sobre éste último, Aran buscó a tiendas las manos de ella y las subió sobre su cabeza; la espalda de la chica chocaba contra el torso de su socio y los labios de él estaban sobre el oído de Lucy.
— ¿Qué haces? —preguntó Lucia Strong con cierto temblor en la voz.
—Ninguna mujer, ¡escúchame bien Lucia Strong! —éste la pegó fuertemente contra el vidrio para reafirmar lo que decía—. Ninguna, me hace algo como lo que acabas de hacer y sale airosa del asunto. Lo que comienzas lo terminas y si no te crees lo suficientemente capaz como para finiquitar algo, entonces no lo empieces, ¿entiendes? —le musitó él en el oído con la mandíbula apretada—. ¡¿Entiendes?! —le gritó apretando más el agarre en sus manos a la vez que aprisionaba más aquel cuerpo delgado.
—Si —farfulló ella tratando de soltarse. Aran enredó su mano entre los rizos desenfrenados de Lucy e hizo que echara su cabeza hacia atrás, le mordió el cuello suavemente repetidas veces y Lucia gimió sin control—. Ahora serás buena socia y te quedarás acá, conmigo, terminando lo que empezamos, ¿está bien? —preguntó él soplando en la parte de atrás de su oído.
Ella no respondió.
—Lucia —dijo Aran jalando más su cabello a manera de advertencia, pero en vez de producirle ese acto, dolor a ella, lo que hacía era excitarla más.
—Sí —contestó carraspeando un poco.
—Mantén las manos allí arribas, no las bajes; apóyalas sobre el vidrio —Lucia hizo lo que él le instruía—. Muy bien, ahora inclina tu torso solo un poco —le ordenó ayudándola a bajar un poco.
—Me caeré —se quejó ella, tratando de quitarse el cabello del rostro.
—No lo harás, relájate —Aran le recogió el cabello y lo entrelazó en su mano en un puño desordenado.
—Aran toda esta casa es vidrio, ¡nos verán! —repuso ella tratándose de enderezar.
—Vidrios tintados —le recordó dulcemente.
—Pero…. —Lucia no pudo continuar porque sintió la invasión de él muy dentro de ella, abrió su boca pero de esta no salió nada.
—Quieta. —Aran la tomó de la cintura con su mano libre para marcar un ritmo, las manos de Lucia temblaban y una pequeña risa escapó de los labios de él.
Lento, lento, rápido, lento, rápido; ese era el compás.
La ojigrises se afianzó como pudo a esa pared de vidrio, cerró sus ojos y luego no supo nada de ella.
Aran era el que mandaba, quien controlaba, ella solo era una muñeca entre sus manos. Lucia había vendido su alma al diablo y ahora le tocaba pagar, pero si así siempre tendría que pagarle, de maravilla una y mil veces haría trato con el demonio.
El ojisturquesa subió la mano que tenía en la cintura de Lucia hacia los senos de ella y los estimulaba pellizcándolos o simplemente rozándolos. Ella trataba de mantenerse de pie. Como si eso fuera posible.
—No —le ordenó Aran cuando las paredes de la pelirroja comenzaron a cerrarse sobre él.
—Por favor —suplicó ella con voz lastimera pegando su mejilla del frio vidrio.
—Solo un poco más. —Él cerró sus ojos y apretó su mandíbula, esta mujer lo hacía hacer cosas que él nunca se había permitido, y las cosas no podían ser así.
—Aran —lloriqueó ella jadeante, a la vez que una de sus manos resbalaba del vidrio.
Pero la realidad era que ninguno de los dos podía más, así que se dejaron llevar.
La mano que sostenía el cabello de Lucia aflojó el agarre para tomarla más fuertemente, evitando que cayera al suelo. La respiración errática de ambos era evidente y Lucy sentía sus piernas desfallecer, Aran la presionó sobre el vidrio tratando, a su vez, de él calmarse.
—No siento nada de mi cuerpo —susurró ella con una risa.
—Esa es la idea, que nunca olvides a quien perteneces ahora —aseguró Aran entrecortadamente.
—No soy un objeto.
—Eso ya lo veremos —refutó él.
…
Un sonido de una puerta abrirse despertó a Lucia, quien se encontraba profundamente dormida en la cama matrimonial de Aran.
—Hay que trabajar, Lucia. Hora de despertarse —le murmuró en el oído él.
—Cinco minutos más —le pidió ella cubriéndose con las sabanas.
—Vamos. —Él le quitó las sabanas de encima.
— ¡Aran! —se quejó la empresaria como niña pequeña para luego estirar sus músculos.
—Toma —le dijo él tendiéndole una pequeña pastilla junto con un vaso de agua.
— ¿Para qué es eso? —le interrogó Lucia sentándose en la blanda cama.
— ¿Acaso yo me protegí ayer? —Lucy lo miró sin entender—. ¿Tú te proteges? —ella negó—. Pues tomate eso —le ordenó él con voz seria.
— ¿Por qué? ¿Qué es esto? —preguntó cogiéndolo entre sus manos, viendo a la pastilla con desconfianza a su vez.
—Es la de emergencia, la del día después del sexo sin protección. Yo no quiero tener un hijo tuyo —le aclaró Aran volteándose para verse en un espejo que se predisponía delante de él.
Lucia sin pensarlo se tragó la pastilla, ella tampoco quería un hijo, nunca le habían gustado los bebés y eso no cambiaría, no luego de haber pasado por todo lo que pasó.
—Claro, yo tampoco quiero —concordó ella dejando el vaso en la mesa de noche.
—Eso mismo pensé yo —él la miró a través del espejo y le sonrió—. Apúrate, un periodista nos espera en la sala de estar, nos harán una entrevista.
—Tu dijiste que no dijéramos nada —repuso ella.
—El periodista es de mi cadena televisiva, y es mejor sacar nuestra versión a que otros digan cosas que no son —aseguró Aran.
—Media hora —pidió ella, salió de la cama y se dirigió hacia una puerta que debería ser el baño, pero antes de entrar a este se giró hacia Aran quien la veía embelesado—. ¿Ropa? —preguntó ella.
—Estará todo acá cuando salgas del baño. —Lucia asintió y no dijo nada.
Media hora después ella salió de la habitación con una camisa de gasa color mostaza, más una falda tubo color beige, el cabello rojo suelto en sus rizos habituales y unos tacones de marca Jimmy Choo, y sus labios pintados de un brillo labial claro.
Al llegar a la sala de estar pudo observar como Aran hablaba con un hombre, quien se encontraba de espaldas a ella, su socio primero al verla sonrió y le hizo una seña para que se acercará, el otro hombre que estaba con un traje de igual manera se dio la vuelta.
Ese perfil, pensó Lucia.
— ¡Lucia, ven acá! —exclamó él estirándole la mano. El otro hombre en traje terminó de voltear y cuando lo hizo la sonrisa que él tenía en el rostro se desvaneció.
—Buenos… —Lucia Strong no pudo terminar de saludar porque miró al hombre y se quedó de piedra.
—Buenos días, señorita Strong —saludó él educadamente extendiéndole la mano, pero ella no la recibió.
—Lucia, te presento a Manuel de las Casas. Mi reportero estrella. —Tanto Lucia como Manu se miraron fijamente por unos breves instantes sin decir nada.
—Un gusto conocerla, señorita. —Manu hizo un gesto con su cabeza, actuando profesionalmente.
—Lamento no poder decir lo mismo. —Y con eso Aran arqueó una ceja de manera interrogante.
— ¿Ustedes se conocen? —Lucy frunció sus labios y Manuel suspiró hondo—. ¿Ya se conocen? —volvió a preguntar Aran acercándose un poco más a Lucia, pero esta no respondió—. Te hice una pregunta —le susurró su socio en el oído, pero la pelirroja había quedado sin habla, no podía hablar y es que delante de ella se encontraba la persona que la había hecho tocar fondo dos veces en la vida; con quien se había acostado hace una semana y media atrás; quien la hacía sentir vulnerable. Esa persona era Manuel de las Casas.
Capítulo 7
Lucia se había quedado en ropa interior. El conjunto era de color negro y de encaje, dejando nada a la imaginación.
— ¿Divertido? —inquirió ella arqueando una ceja, a la vez que se sentaba en el regazo de Aran y lo abrazaba por el cuello. —Yo más bien diría placentero —comentó mordiéndose el labio inferior.
—Eso no lo sé, tendría que comprobarlo por mí mismo, ¿no crees? —Las manos de Aran habían tomado la cintura de Lucy para sentarla mejor sobre él.
—Te aseguro que si —susurró ella tragando saliva.
Sin previo aviso Aran la besaba salvajemente, succionando sus labios con desesperación, como si no hubiera mañana.
Las manos de Lucia comenzaron a pasear sobre el abdomen de él, remarcando cada línea de aquel escultural cuerpo. Los besos seguían y la respiración de ambos se hacía cada vez más forzosa.
El hombre de los ojos color turquesa rompió el beso para bajar por el cuello de la pelirroja, ésta echó su cabeza hacia atrás, dándole un mejor acceso.
Aran dejó un beso en la parte de atrás del cuello de Lucy y esta rió, él la observó extrañada.
— ¿Qué te da risa? —preguntó volviéndola a besar rápidamente, cuando la dejó libre Lucia respondió:
—Que me beses en esa zona. Es sensible para mí.
Aran frunció sus labios.
— ¿Qué tan sensible es? —La besó otra vez allí mismo.
—Mucho. —La voz de Lucia salió ronca.
— ¿Cuánto es mucho? —La besó pero del otro lado.
—No sé qué… —Un gemido salió de su boca cuando Aran mordió esa parte de su cuerpo.
—No me has respondido. Las reglas —le recordó.
—Demasiado, me da cosquillas —musitó entre dientes, retorciéndose entre los brazos de él, Aran la sostuvo fuertemente.
— ¿Demasiado? —preguntó de manera insistente el ojiturquesa, ella asintió. — ¿Ahora te da cosquillas? —En vez de besarla, esta vez rozó sus labios solamente.
—No —admitió Lucia.
—Dime que sientes —ordenó Aran pasando su lengua por allí mismo.
—Es extraño, siento… —Ella cerró sus ojos y se dejó llevar por las sensaciones.
— ¿Qué? —insistió él.
—Placer —confesó Lucia abriendo los ojos para mirarlo fijamente.
Ambos se quedaron mirando por un minuto, Aran llevó sus manos al cierre del brasier, pero no lo encontró.
— ¿Dónde? —Lucia sonrió y señaló con su dedo índice el broche, el cual se encontraba en la parte delantera. —Esto se pone cada vez más interesante —reflexionó Aran en voz alta.
El brasier se fue junto con la camisa de Aran, ella quedo desnuda de la cintura para arriba y él de igual manera.
Aran pasaba sus manos por los senos de la pelirroja y esta se retorcía de placer entre sus brazos, diciendo palabras incoherentes.
—Agradéceme —pidió el hombre de ojos color turquesa mordiéndole el hombro a Lucy.
— ¿Por qué? —increpó ella jadeante.
—Esa palabra es hermosa cuando sale de tus labios. —Él comenzó a jugar con unos de los pezones de la joven, mientras daba pequeños mordiscos a su cuello.
—Creo que no es necesario que te lo diga. —Lucia levantó el rostro de Aran y lo besó apasionadamente, pero él la apartó de manera brusca.
— ¡Dilo! —La voz de él sonó grave, con la orden implícita en la palabra.
—Aran —farfulló ella al sentir como una de sus manos bajaba por su abdomen.
— ¡Hazlo!
Y un episodio vivido hace aproximadamente una semana y media atrás se revivió en la mente de la joven.
“…Repite conmigo: no despreciaré más a las personas…” el recuerdo de Manuel ordenándole decir eso inundó su cabeza.
—Lucia agradéceme. —La voz de Aran la trajo de vuelta a la realidad.
— ¡Gracias! —exclamó cuando sintió como los dedos de él rozaban su intimidad.
Él comenzó a estimularla lentamente y Lucy comenzó a moverse sobre los dedos de Aran tratando de buscar más fricción.
La pelirroja apoyo su frente sobre la de su socio cuando sintió que la mar de sensaciones estaban por atacarla, sus piernas se pusieron rígidas; su bajo vientre se contrajo; su respiración se hizo más pesada y lo único en lo que pensaba era en que quería más, mucho más.
—Necesito más —suplicó ella jadeando sobre el rostro de él, la presión sobre aquel botón de placer aumentó y Lucia sentía que iba a enloquecer. Pero cuando ya ésta casi alcanzaba la cima del cielo, bajó rápidamente en un espiral, chocando duramente contra el piso. Aran había dejado de estimularla y la observaba con una sonrisa maquiavélica.
— ¿Qué…—ni siquiera fue capaz de formular la pregunta, no coordinaba lo que estaba pensando.
— ¿Disfrutas? —preguntó Aran tomándole el rostro para observarla directamente a los ojos. El ceño de Lucia se frunció.
—No piensas dejarme así ¿cierto? —inquirió ella con la voz temblorosa, lamiéndose sus labios, a la vez que trataba de calmar su respiración.
—Así, ¿cómo? —Aran pasó su dedo pulgar por los labios de Lucia, separándolos levemente.
— ¿Frustrada? ¿Desesperada? ¿Con necesidad de liberarse? —dijo con ironía ella, removiéndose sobre el miembro de su socio.
—Esas no son respuestas, son preguntas y yo necesito respuestas —le informó metiendo su dedo índice dentro de su boca, Lucia lo mordió.
—Por favor —le imploró casi lloriqueando llevando una mano hacia el botón del pantalón.
—Por favor, ¿qué?
—Esto es injusto —se quejó la joven.
— ¿Cómo quieres que haga algo sino sé lo que quieres? —increpó él siseando entre dientes al escuchar el cierre de su pantalón bajar.
Lucia metió su mano dentro del pantalón y apretó la erección que Aran tenía.
— ¿Vas entendiendo que quiero? —preguntó ella con voz maligna. A esto podían jugar dos.
—Algo —admitió él sacándole la mano de allí, pero ella se negó.
—Me dijiste que te dijera que quería, pero mejor si te lo explico, ¿no crees? —le susurró en su oído. Aran soltó una fuerte carcajada y luego se mostró serio.
—No, no creo —respondió rápidamente.
—Que mal. —La mano de Lucia empezó a moverse lentamente sobre la longitud de él, Aran apretó su mordida y respiró pausadamente.
—Eso… —farfulló entre dientes el hombre de ojos color turquesa, los cuales ahora estaban de un verde oscuro—. No… —negó con su cabeza imperceptiblemente, tratando de buscar cordura en alguna parte de su cerebro, pero esta se había ido de vacaciones y no pensaba volver durante un largo tiempo, no mientras Lucia lo estuviera estimulando de esa manera.
— ¿Quieres decir algo, querido? —Ella era mala cuando se lo proponía y aún tenía esa amarga sensación bajo su vientre por no haber alcanzado su orgasmo y todo por culpa de Aran, pero se lo haría pagar.
—Deja… —Ella apretó más el agarre y sintió como Aran tembló bajo su cuerpo, él dejó de hablar ipso facto
—Silencio —ordenó Lucia, trabajando más rápido, Aran bajó sus manos hacia las caderas de ella y las apretó fuertemente conteniéndose.
La mano que Lucia Strong mantenía desocupada, se apoyaba en el respaldo del sofá para estar mejor equilibrada, Aran por su parte se mordía los labios fuertemente tratando de mantener una expresión serena, calmada y no trastornada, pero era una misión imposible. Solo sentir el tacto de esas manos tan suaves en esa zona tan sensible hacia que su cabeza volara muy lejos de ese apartamento.
Los movimiento de la pelirroja se hicieron más veloces y ella podía sentir como la liberación de Aran se acercaba. El agarre de él se hizo más fuerte, y con su mirada buscó los ojos de Lucia, los cuales lo observaban perversamente.
Bruscamente la mano de ella se detuvo, los ojos de Aran se salieron de su cuenca y éste la fulminó con la mirada.
—No, no, no, cariño tu seguirás con esa mierda que estabas haciendo —afirmó Aran tomando la mano de Lucia llevándola a donde estaba con anterioridad.
— ¿Cómo se siente no obtener lo que uno desea con desesperación? —inquirió Lucy con una sonrisa sádica en sus labios.
—Mal, muy mal. Hazlo —le demandó con voz fuerte él.
— ¡Oh no! Tú también me dejaste así y yo me aguanté —dijo ella arqueando una ceja.
—Acá se hacen las cosas como yo quiera, no como a ti se te dé la gana, así que… Hazlo. —Lucia estaba jugando con fuego y saldría quemada.
—No quiero —se levantó de encima de él y recogió su ropa lentamente, estaba colocándose el brasier cuando unas manos la sujetaron por los hombros y la acorralaron contra la pared de vidrio. La mejilla de Lucia estaba sobre éste último, Aran buscó a tiendas las manos de ella y las subió sobre su cabeza; la espalda de la chica chocaba contra el torso de su socio y los labios de él estaban sobre el oído de Lucy.
— ¿Qué haces? —preguntó Lucia Strong con cierto temblor en la voz.
—Ninguna mujer, ¡escúchame bien Lucia Strong! —éste la pegó fuertemente contra el vidrio para reafirmar lo que decía—. Ninguna, me hace algo como lo que acabas de hacer y sale airosa del asunto. Lo que comienzas lo terminas y si no te crees lo suficientemente capaz como para finiquitar algo, entonces no lo empieces, ¿entiendes? —le musitó él en el oído con la mandíbula apretada—. ¡¿Entiendes?! —le gritó apretando más el agarre en sus manos a la vez que aprisionaba más aquel cuerpo delgado.
—Si —farfulló ella tratando de soltarse. Aran enredó su mano entre los rizos desenfrenados de Lucy e hizo que echara su cabeza hacia atrás, le mordió el cuello suavemente repetidas veces y Lucia gimió sin control—. Ahora serás buena socia y te quedarás acá, conmigo, terminando lo que empezamos, ¿está bien? —preguntó él soplando en la parte de atrás de su oído.
Ella no respondió.
—Lucia —dijo Aran jalando más su cabello a manera de advertencia, pero en vez de producirle ese acto, dolor a ella, lo que hacía era excitarla más.
—Sí —contestó carraspeando un poco.
—Mantén las manos allí arribas, no las bajes; apóyalas sobre el vidrio —Lucia hizo lo que él le instruía—. Muy bien, ahora inclina tu torso solo un poco —le ordenó ayudándola a bajar un poco.
—Me caeré —se quejó ella, tratando de quitarse el cabello del rostro.
—No lo harás, relájate —Aran le recogió el cabello y lo entrelazó en su mano en un puño desordenado.
—Aran toda esta casa es vidrio, ¡nos verán! —repuso ella tratándose de enderezar.
—Vidrios tintados —le recordó dulcemente.
—Pero…. —Lucia no pudo continuar porque sintió la invasión de él muy dentro de ella, abrió su boca pero de esta no salió nada.
—Quieta. —Aran la tomó de la cintura con su mano libre para marcar un ritmo, las manos de Lucia temblaban y una pequeña risa escapó de los labios de él.
Lento, lento, rápido, lento, rápido; ese era el compás.
La ojigrises se afianzó como pudo a esa pared de vidrio, cerró sus ojos y luego no supo nada de ella.
Aran era el que mandaba, quien controlaba, ella solo era una muñeca entre sus manos. Lucia había vendido su alma al diablo y ahora le tocaba pagar, pero si así siempre tendría que pagarle, de maravilla una y mil veces haría trato con el demonio.
El ojisturquesa subió la mano que tenía en la cintura de Lucia hacia los senos de ella y los estimulaba pellizcándolos o simplemente rozándolos. Ella trataba de mantenerse de pie. Como si eso fuera posible.
—No —le ordenó Aran cuando las paredes de la pelirroja comenzaron a cerrarse sobre él.
—Por favor —suplicó ella con voz lastimera pegando su mejilla del frio vidrio.
—Solo un poco más. —Él cerró sus ojos y apretó su mandíbula, esta mujer lo hacía hacer cosas que él nunca se había permitido, y las cosas no podían ser así.
—Aran —lloriqueó ella jadeante, a la vez que una de sus manos resbalaba del vidrio.
Pero la realidad era que ninguno de los dos podía más, así que se dejaron llevar.
La mano que sostenía el cabello de Lucia aflojó el agarre para tomarla más fuertemente, evitando que cayera al suelo. La respiración errática de ambos era evidente y Lucy sentía sus piernas desfallecer, Aran la presionó sobre el vidrio tratando, a su vez, de él calmarse.
—No siento nada de mi cuerpo —susurró ella con una risa.
—Esa es la idea, que nunca olvides a quien perteneces ahora —aseguró Aran entrecortadamente.
—No soy un objeto.
—Eso ya lo veremos —refutó él.
…
Un sonido de una puerta abrirse despertó a Lucia, quien se encontraba profundamente dormida en la cama matrimonial de Aran.
—Hay que trabajar, Lucia. Hora de despertarse —le murmuró en el oído él.
—Cinco minutos más —le pidió ella cubriéndose con las sabanas.
—Vamos. —Él le quitó las sabanas de encima.
— ¡Aran! —se quejó la empresaria como niña pequeña para luego estirar sus músculos.
—Toma —le dijo él tendiéndole una pequeña pastilla junto con un vaso de agua.
— ¿Para qué es eso? —le interrogó Lucia sentándose en la blanda cama.
— ¿Acaso yo me protegí ayer? —Lucy lo miró sin entender—. ¿Tú te proteges? —ella negó—. Pues tomate eso —le ordenó él con voz seria.
— ¿Por qué? ¿Qué es esto? —preguntó cogiéndolo entre sus manos, viendo a la pastilla con desconfianza a su vez.
—Es la de emergencia, la del día después del sexo sin protección. Yo no quiero tener un hijo tuyo —le aclaró Aran volteándose para verse en un espejo que se predisponía delante de él.
Lucia sin pensarlo se tragó la pastilla, ella tampoco quería un hijo, nunca le habían gustado los bebés y eso no cambiaría, no luego de haber pasado por todo lo que pasó.
—Claro, yo tampoco quiero —concordó ella dejando el vaso en la mesa de noche.
—Eso mismo pensé yo —él la miró a través del espejo y le sonrió—. Apúrate, un periodista nos espera en la sala de estar, nos harán una entrevista.
—Tu dijiste que no dijéramos nada —repuso ella.
—El periodista es de mi cadena televisiva, y es mejor sacar nuestra versión a que otros digan cosas que no son —aseguró Aran.
—Media hora —pidió ella, salió de la cama y se dirigió hacia una puerta que debería ser el baño, pero antes de entrar a este se giró hacia Aran quien la veía embelesado—. ¿Ropa? —preguntó ella.
—Estará todo acá cuando salgas del baño. —Lucia asintió y no dijo nada.
Media hora después ella salió de la habitación con una camisa de gasa color mostaza, más una falda tubo color beige, el cabello rojo suelto en sus rizos habituales y unos tacones de marca Jimmy Choo, y sus labios pintados de un brillo labial claro.
Al llegar a la sala de estar pudo observar como Aran hablaba con un hombre, quien se encontraba de espaldas a ella, su socio primero al verla sonrió y le hizo una seña para que se acercará, el otro hombre que estaba con un traje de igual manera se dio la vuelta.
Ese perfil, pensó Lucia.
— ¡Lucia, ven acá! —exclamó él estirándole la mano. El otro hombre en traje terminó de voltear y cuando lo hizo la sonrisa que él tenía en el rostro se desvaneció.
—Buenos… —Lucia Strong no pudo terminar de saludar porque miró al hombre y se quedó de piedra.
—Buenos días, señorita Strong —saludó él educadamente extendiéndole la mano, pero ella no la recibió.
—Lucia, te presento a Manuel de las Casas. Mi reportero estrella. —Tanto Lucia como Manu se miraron fijamente por unos breves instantes sin decir nada.
—Un gusto conocerla, señorita. —Manu hizo un gesto con su cabeza, actuando profesionalmente.
—Lamento no poder decir lo mismo. —Y con eso Aran arqueó una ceja de manera interrogante.
— ¿Ustedes se conocen? —Lucy frunció sus labios y Manuel suspiró hondo—. ¿Ya se conocen? —volvió a preguntar Aran acercándose un poco más a Lucia, pero esta no respondió—. Te hice una pregunta —le susurró su socio en el oído, pero la pelirroja había quedado sin habla, no podía hablar y es que delante de ella se encontraba la persona que la había hecho tocar fondo dos veces en la vida; con quien se había acostado hace una semana y media atrás; quien la hacía sentir vulnerable. Esa persona era Manuel de las Casas.
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