domingo, 26 de mayo de 2013

Capítulo 5

Capítulo beteado por: Tamara Escobar


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Capítulo 5

Todos los periódicos de Londres, al día siguiente tenían en primera plana a Aran Fuenmayor y Lucia Strong besándose, aparte de otras fotos que habían salido filtradas mientras cenaban, donde se les veía sonriendo, tocándose o comiendo alguna de las exquisiteces que Aran había ordenado.

— ¡Puedes comenzar a explicarme esto, Lucia Strong! —exclamó Agustina con periódico en mano, una expresión de picardía y una sonrisa despampanante.

—Trabajo —respondió Lucia señalándole todos los papeles que tenía sobre su escritorio.

— ¡Trabajo un cuerno! —Agus desplegó el periódico en sus manos y comenzó a leer: —Los famosos magnates de la televisión, Lucia Strong y Aran Fuenmayor fueron vistos en la noche de ayer muy cariñosos delante de los paparazis, las fotos fueron tomadas dentro del restaurante AlSuran, donde se podía ver que tanto la señorita Strong como el señor Fuenmayor disfrutaban de la compañía del otro. Algunas fotos nos muestran como el ‘soltero más codiciado de Londres’ va detrás de Lucia, protegiéndola de los fuertes flashes que disparaban las cámaras frenéticamente. Testigos dicen que un maître los dirigió a una sección del restaurante apartada de los demás y a la cual no se tenía ningún acceso, a menos que fueras empleado de ahí. Lo cierto es que la foto del beso dice más que mil palabras y podemos ver como la gran Lucia Strong le corresponde al famoso Aran Fuenmayor y ¿Quién en su sano juicio no lo haría? Las preguntas ahora son: ¿Encontraron el amor estos dos? ¿Es publicidad? ¿Algo se cuece debajo de todo esta ‘cena romántica? El tiempo lo dirá, por los momentos muchas mujeres y hombres de todo Londres tendrán que resignarse a que estos solteros codiciados están juntos. —La morena terminó de leer y le dejó el periódico en el escritorio para que admirase la foto.

— ¿Terminaste? —preguntó Lucy regresando la mirada a sus documentos.

— ¿Son novios? —Lucia negó—. ¿Tienen una relación? ¿Un acuerdo? ¡No me digas que eres su amante! —La pelirroja la miró de manera furibunda.

— ¡Claro que no! —aseguró ella ofendida—. Agus de verdad tengo mucho trabajo, está lo de la fusión de empresas y estoy un poco estresada, así que déjame terminar de trabajar y luego hablamos ¿sí? —pidió ella firmando unos papeles.

Agustina no respondió y salió de la oficina dejándola sola, Lucia dejó caer sus hombros, relajándose, y cogió el periódico entre sus manos. En eso sonó su celular por alguna parte de aquella oficina.

Comenzó a buscarlo, pero ni se acordaba donde lo había dejado, su mente divagaba en otras cosas como para estar pendiente de un aparato como esos. Cuando lo consiguió ya había dejado de timbrar, miró su pantalla y era un número desconocido, sin saber quién era dejó el artefacto sobre el escritorio.

—Señorita, la llaman en la recepción al parecer algunos periodistas quieren cita con usted. —En la puerta estaba su secretaria, con la agenda en mano y una expresión de frialdad.

— ¡Que los saquen! —ordenó prendiendo su ordenador. La chica asintió y salió de aquella estancia, la cual estaba cargada de una extraña energía, el celular volvió a sonar y esta vez sí respondió.

— ¿Diga? —descolgó presionando su hombro con el HTC Hero para teclear algo en google.

— ¿Por qué no contestabas? —Fue lo primero que inquirió Aran, ella se posicionó de pie en seguida, como si se tratase de un resorte.

— ¿Eras tú? —Otra pregunta.

—Te hice una pregunta —le recordó él, con voz nada amable.

—Tengo mucho trabajo como para estar respondiendo tus llamadas, si me disculpas necesito continuar —le informó.

— ¡Lucia! —le gritó Aran por el auricular del celular, pero ella colgó. No estaba de humor ni para él, ni para nadie.

Había pasado solamente dos minutos cuando el teléfono de su oficina sonó.

— ¿Qué? —espetó molesta.

—Señorita, el señor Fuenmayor se encuentra en la línea dos, dijo que le urgía hablar con usted. —La joven resopló de frustración.

—No quiero hablar con él, dile que estoy ocupada —colgó sin esperar alguna contestación.

Las horas pasaban y la manecilla del reloj ya estaba por tocar las 12 del mediodía. Toda la mañana Lucia había firmado papeles sin parar, leyendo y dando órdenes de aquí para allá, los periodistas andaban como locos, tratando de obtener una cita con ella, cita la cual no iba hacer concedida.

— ¿Vamos a comer o te quedarás acá atosigada de documentos sin firmar? —increpó Agustina admirándose en un espejo.

—Aún tengo mucho por hacer —le hizo saber a su amiga hundiéndose en su asiento para dar vueltas como niña pequeña.

— ¡Por el amor de Dios! Hoy es sábado. Vamos a salir —le animó la morena dándose la vuelta.

Lucia negó.

— ¡Amargada! Quédate entonces acá y llénate de trabajo, trabajo y más trabajo. Yo iré a ver a quien consigo para… —Por la puerta entraba Aran Fuenmayor, con un traje color gris, perfectamente entallado a su cuerpo; el pantalón corto de sastre; con la camisa de abajo blanca y desabotonada en los primeros botones, dándole un aspecto matador; más una gafas de diseñador que ocultaban sus ojos color turquesa, en su mano llevaba su móvil y mantenía una expresión seria.

—Buenas tardes —saludó pasándole por un lado a Agustina, quien salió inmediatamente de la oficina, no sin antes dirigirle una mirada de advertencia a su amiga.

— ¿Qué haces aquí? —La voz de Lucia era monótona.

—Vine para aclararte los puntos. —Se acercó hacia donde estaba ella y le hizo una seña con el dedo para que se levantará. Lucy no le hizo caso y dirigió su vista hacia la pantalla de la computadora.

De repente sintió como la giraban en la silla y la tomaban del antebrazo para levantarla.

— ¡Oye! —le reclamó la joven deshaciéndose de aquel brusco agarre.

—Te lo pedí por las buenas —El rostro de Aran estaba cerca del de ella.

— ¿Qué quieres? —inquirió con fastidio la hermosa mujer, haciendo un sonido desquiciante con el tacón de sus Manolos.

— ¿Por qué no contestabas el puto celular? —le increpó observándola seriamente.

— ¿Tengo que hacerlo obligatoriamente? 

— ¿Podrías responder mis preguntas, en vez de responderme con una? —Los ojos de Aran habían adquirido un tono verdoso.

—No quiero hablar contigo, Aran. No sé si serás ciego o qué, pero tengo demasiado trabajo y me ocupas el tiempo. —La ojigrises hizo el ademán de sentarse, pero su socio chasqueó la lengua, negando a su vez con la cabeza.

—Espera —le dijo él desabotonándose el botón del saco, para meter su celular en el bolsillo de su pantalón, dar la media vuelta e ir a cerrar la puerta de la oficina—. Ven —le ordenó desde el otro lado del escritorio. Lucia se sentó en su asiento y siguió tecleando en la computadora.

—Lucia, Lucia —canturreó él—. No me gusta tu actitud —Aran levantó el rostro de la pelirroja con sus dedos índice y pulgar. 

—A mí tampoco la tuya —confesó ella, apartando su rostro bruscamente.

— ¿Dónde tenías tu celular? —inquirió él, sentándose frente a la joven, sin dejar de mirarla.

Lucia marcó unos números en su móvil y pronto estaba hablando con alguien a través de él.

— ¿Dónde estás? Si está bien. Nos vemos allá entonces…—Aran arqueó una ceja y se apoyó con los codos en el escritorio—. No me importa, necesito un momento de relajación… No sé. —Con eso Lucia colgó la llamada, volviendo su vista, nuevamente, al ordenador.

— ¿Te das cuenta que me estás ignorando? Eso puede repercutir mucho en la fusión, si es que se llega a dar —dijo como si nada el hombre de ojos color turquesa, y en menos de cinco segundos Lucia lo veía aterrorizada.

— ¿Qué dijiste? —preguntó ella tratando de controlar el tono de su voz, pero salió como un chillido.

—Lo que oíste, querida Lucia. Tienes que hacer lo que yo diga, acuérdate que firmaste un pacto con el diablo y ahora te tienes que atener a las consecuencias. Si yo te hago una pregunta, tienes que responderla, si yo quiero que vayas conmigo a un lugar, tienes que ir, ¿vas entendiendo? —La mujer tragó en seco y cruzó sus tobillos.

No me tengo que dejar intimidar, pensó, pero intento fallido. La realidad es que Aran la intimidaba y mucho.

—Yo no he firmado nada, y déjame recordarte yo a ti, que no soy tuya, ni nada por el estilo. Solo eres, por decirlo de alguna manera, mi socio. —Cogió una pluma y firmó el último documento, por el día de hoy.

—Como digas. —Aran Fuenmayor corrió la silla y se puso de pie, llevándose consigo toda esa aura de seguridad que siempre traía con él encima. Caminó hacia la puerta de la oficina y fue cuando escuchó a Lucia:

— ¿A dónde vas? —Ella se había puesto de pie y caminaba hacia él.

—A decirle a mis abogados que cierta fusión no va. —Él la miró y suspiró pesadamente—. Lástima que ya todo estaba listo.

— ¿Qué? ¿Por qué? —Comenzó ella a preguntar con desconcierto.

—Tu comportamiento deja mucho que desear, ¿por qué hacer una fusión de empresas con una persona que ni siquiera muestra un poco de respeto hacia ti, siendo yo quien salvaré toda esta mierda? —Las palabras salían entre dientes y un escalofrió recorrió la columna vertebral de la empresaria.

—Aran yo…

— ¡No, Lucia! Tú no sabes como soy yo. No puedes pretender que yo te salve tu hermoso imperio y no pida nada a cambio, te lo dije, hago todo esto por tenerte a ti, porque si no fuera de esa manera, todo esto… —con su mano señaló la oficina— …no seguiría aquí.

—No hice…

—Estas son las reglas y grábatelas en esa cabeza hueca que tienes. La primera, obtendrás tu maldita fusión, pero solo si acatas mis órdenes. Segundo, lo único que te pido a cambio es a ti, es válido ¿no? Yo doy, tú das, una ecuación muy sencilla. Tercera, no me gusta que me contradigan, o que me repliquen, eso da como conclusión que si yo te pregunto algo, tu respondes y todos felices, ¿sí? —Ella asintió levemente con la cabeza—. ¿Por qué no contestabas el teléfono? —Esta vez la voz de Aran salió más suave, pero solo un poco.

—He tenido mucho trabajo. —Fue la contestación de Lucia, quien no bajaba la mirada, pero si estaba respondiendo a su pregunta como si fuera un títere.

— ¿No podías tomarte un tiempo para responder?

—No tengo tu número, no soy adivina para saber que eras tú. —La acidez en la voz de ella era evidente.

—Controla ese tono —le advirtió su socio, acariciándole la mejilla.

— ¿La fusión va a ir? —Lucia lo miró a través de sus pestañas y sonrió de manera angelical, él se mordió el labio deliberadamente y soltó el aire de golpe.

—Graba mi número a tu móvil, te estaré llamando a cada momento y más te vale que contestes. —Aran llevó sus dedos a los rizos de aquella mujer.

—Dijiste que ya todo estaba listo, ¿es cierto? —Lucy esquivó su recomendación y le preguntó por algo mucho más importante.

—No cambies de tema —recomendó él.

— ¿Y si no contesto? —le provocó ella, Fuenmayor sonrió imperceptiblemente y se alejó.

—Solo haz el intento y verás —se encogió de hombros y sacó su móvil del bolsillo—. Sí —dijo descolgando el aparato, Lucia movía su dedo sobre su brazo y esperaba con paciencia—. Ya bajamos, ¡apártalos a todos!... No, nada. Sin acercamientos. —Su voz era seria y daba órdenes a quien fuera que estuviese del otro lado de la línea.

— ¿Quién era? —increpó Lucia regresando a la realidad.

— ¿En que estábamos? —preguntó él.

—Te hice una pregunta, creo que es justo que tú también respondas, ¿no? 

—No, no me parece. Yo doy órdenes, tú obedeces. —el dedo de Aran fue bajando por el cuello de Lucia, este ladeó su cabeza y la admiró, para luego soltar un suspiro. —Vamos a comer —invitó él.

—Tengo trabajo y…

—Hoy es sábado, vamos, recuerda las reglas; además, el lunes sigues en eso, o seguimos —se ofreció como si nada.

—Pero…

De repente unos labios se movían contra los de la chica de manera fiera, concienzuda, pero a la vez lenta.

—Vamos —musitó separándose de ella.

—Solo espera a que cierre todo. —Él sonrió y asintió.

—Abajo nos esperan la fila de periodistas, no des declaraciones, déjalos que especulen cualquier cosa loca. —Lucia lo observó una fracción de segundo y terminó de apagar todo.

— ¿Qué somos, Aran? —Él rodó los ojos.

—Un hombre y una mujer. —Su risa retumbó en las paredes de la oficina.

—Qué chistoso —murmuró ella.

—Nada, eso es lo que somos. Nada —repitió convenciéndose.

— ¿Y por qué entonces todo el teatro?

—Fácil, tú me necesitas y yo te cobro, tú eres tu pago. —La joven Strong se quedó congelada en su lugar y respiró hondo varias veces, antes de tomar su móvil y dirigirse hacia donde estaba Aran—. Todo es por beneficio Lucia, que nunca se te olvide eso, yo por ti no profeso ningún sentimiento. Bueno, sí, solo uno y es lujuria. —Ella miró los ojos chispeantes de él y no dijo nada, ¿qué podía decir?

— ¿A dónde me llevas? 

—A un hotel —respondió el ojiturquesa.

— ¿No íbamos a comer? —Lucia se reacomodó sus rizos en su lugar.

—Y lo vamos hacer —reafirmó él.

—Pero dijiste hotel —su voz salió con un tono de confusión.

Una risa burlona se escuchó por parte de Aran.

—Los hoteles no solo son para encerrarse y hacer cosas indecorosas, hermosa. También en los hoteles existen restaurantes y bares —le informó con sorna.

—Contigo, es mejor pensar cosas ‘indecorosas’, para no ser sorprendido —le confesó ella, mirándose en un espejo.

—Así tendrás la mente, o mejor dicho así serán tus deseos de hacer esas cosas. —La pelirroja se encogió de hombros y se puso su gabardina, que le llegaba un poco más debajo de las rodillas.

—Tú no eres el único que piensa lujuriosamente —le hizo saber ella, una mano se encerró alrededor de su cuello sorpresivamente, ella buscó los ojos de Aran y se relajó.

—Ya veremos si eso es cierto o no. —El aliento de él chocaba contra el rostro de Lucy, quien había subido su mano derecha y la apoyaba sobre la muñeca de Aran, para que este no le hiciera tanta presión.

—Te sorprenderías si supieras todas las cosas que pienso. Algunas son buenas, otras malas, puede que una que otra atrevida. —La sonrisa lasciva que había adornado el rostro de la joven no tenía precio.

—Eres una perra audaz —le murmuró Aran sobre los labios, quitando lentamente la mano del cuello de ella, solo para rodarla hacia su nuca—. Por eso acepto esto —mordió el labio superior de la chica quien gimió ante el acto.

— ¿Estás convencido que todo esto es simple deseo carnal? Porque yo pienso que es otra cosa. —Ahora Lucia había atacado sus labios, abriéndolos levemente con su lengua. El agarre en su nuca no había disminuido y la mantenía controlada.

—Seguro. Yo por ti no siento nada —aseveró el hombre de traje, soltándola—. Mejor y comenzamos a bajar, no vaya a tirar todo por la borda y te estampe contra la pared más próxima. —Lucia se encogió de hombros y se apartó de él—. Por cierto, hola preciosa. —Aran le dio un suave beso y la instó a salir de aquellas cuatro paredes.

—Luego dices que…

—No siento nada, pronto te darás cuenta. —Con esa afirmación bajaron hacia la recepción del edificio, donde los periodistas esperaban impacientemente a que los tortolos salieran de la cueva. Una vez tanto Lucia como Aran pisaron la puerta que daba salida a la calle de Londres, los flashes y las miles de preguntas empezaron su enloquecedora carrera.

— ¿Son novios? ¿Desde cuándo? ¿Qué podemos esperar de esto? ¿Es acaso publicidad? ¿Se van a casar? ¿Piensan que esto es una relación seria? ¿Ahora fusionaran sus empresas? ¿Qué nos pueden decir acerca de los rumores? —El cuerpo de Lucia era bamboleado por las cámaras y los cuerpos de aquellas personas insolentes, las cuales se aglomeraban a su alrededor de manera enfermiza. Aran mantenía una mano en la espalda de ella y su mano tomada firmemente, buscó con su mirada a Marcelo, su guardaespaldas, y este vino al rescate.

—Señores, den permiso a la señorita y al señor, por favor —pidió educadamente abriéndoles paso a la pareja.

—Cuidado —casi gritó Lucia cuando un periodista se le fue encima haciendo que cayera sobre el cuerpo de Aran quien la sujetaba fuertemente. Una mirada fría le lanzó Fuenmayor, el muchacho al ver a aquel imponente hombre dio varios pasos hacia atrás.

— ¿Estás bien? —preguntó él, volviéndola a poner en sus propios pies. Ella asintió con su cabeza, estrechando a un más sus dedos con los de Aran.

—Gracias. —Su socio la apuró a que caminará más rápido y así ella lo hizo. Una vez dentro de la seguridad del auto, Lucia resopló disgustada.

— ¡Estúpidos paparazis! —exclamó furiosa.

—Hacen su trabajo, solo mantente alejada de ellos y estarás de una sola pieza —le aconsejó Aran jugando con su cabello.

— ¿Me dirás a donde me llevas o aún no? —Lucy había virado su rostro y lo observaba persistentemente.

—No —masculló él—. Tienes muy mala memoria —se burló el apuesto hombre, Lucia rodó sus ojos y se encogió de hombros.

Las palabras sobraban y los labios de Aran se encontraban, nuevamente, sobre los de Lucia, este había enrollado su mano en los cabellos de ella, apegándola, así, aún más a él.

Por su parte la pelirroja mantenía una mano sobre el brazo de él y le correspondía como si en ello pudiera salvar su vida.

Aran se separó y le dio un último beso.

—Tal vez, solo tal vez, sí quiera saber todo lo que piensas. —Su dedo pulgar pasó por la mandíbula de Lucia, ella suspiró.

— ¿Por qué decírtelos si te los puedo mostrar? —se preguntó retóricamente.

—Me encantará ver eso. —Y con esa promesa latente en el aire siguieron su curso a donde fuera que fuesen.

Ignorar las consecuencias de los propios actos, eso es el infierno.
Alejandro Dolina

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