domingo, 26 de mayo de 2013

Capítulo 3

Capítulo beteado por:Yanina.
Disclaimer: Los personajes pertenece a la señora Stephanie MEyer, yo solo me adjudico la trama

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Capítulo 3
El celular de Isabella Swan no dejaba de repicar sobre aquella mesa destartalada y lo que se leía en la pantalla era:
Llamada entrante de Edward Cullen (esposo)
Pero nadie contestaba, ya iban 10 llamas perdidas y, a pesar de que ella lo escuchaba, no atendía. ¿Qué le iba a decir? Además, él aún no llegaba a su casa, él todavía no sabía nada y si todo salía como lo había planeado, Edward estaría llamando nuevamente para saber qué hacer o en su peor defecto se quedaría en casa y esperaría que pasaran los días, aunque por lo que más se inclinaba Bella era que él se reuniría con los policías y allí sí iban a estar todos fregados, literalmente.
Todo estaba arreglado y la primera persona que Edward tenía que encontrar estaba colgada con un arnés sobre una piscina vacía, si Edward no llegaba a tiempo Esme moriría, él solo tenía que ser inteligente y seguir las reglas, pero sobre todo las pistas.
Un pitido provino del celular de Isabella y una respiración profunda se escuchó por la estancia, todos la observaron a ella, algunos con mirada suplicante y otros con miradas asesinas.
Bella, amor, estoy en camino, ya arreglé el problema acá en Seatlle, ¿estás en casa o trabajando? ¿Por qué no respondes? Me tienes preocupado ―admitió la voz de un hombre ―. Solo llamaba para decirte que voy en camino y si estás en casa espérame y si no házmelo saber. Te amo, nena. Un beso ―se despidió por último Edward.
Todos guardaron silencio y no era que pudieran hablar mucho para decir verdad, las lágrimas no se hicieron esperar y la chica que estaba junto a Niemand sollozó sin poder retener las lágrimas, pero tenía que ser fuerte, porque sus secuestradores los tenían a ellos y ella no podía dejar que nada le sucediera a él, así ella lo haya abandonado.
Niemand por su parte soltó una carcajada observando como la figura a su lado se encogía dentro de sí misma.
―Ya deja el llanto, mi amado nos encontrará y nadie morirá ―repuso con voz alegre, como si ellos estuvieran allí teniendo una reunión y no como si estuvieran secuestrados, que era justamente lo que estaba sucediendo.
―No lo hará ―repuso la pelirroja.
―Sí ―dijo N con voz seria, de manera casi solemne―. Él me tiene que encontrar, lo hará ―aseguró la castaña sonriendo, porque Nienmad era una mujer. Era su mujer, para ser más específicos.
Carlisle observó a su hija menor que estaba apartada de sus demás hijos, Jane estaba siendo peinada por aquel hombre, quien ya se había quitado la capucha, pero aun así, nadie sabía quién era él. ¿Con qué clase de gente se juntaba ella?, se preguntó Carlisle retóricamente, pero no encontró respuesta, ella siempre había sido una chica tan… de casa, que no se le pasaba ni por la cabeza que ella haya hecho cosas malas, exceptuando lo que ahora hacía. Era algo ilógico e irracional, pero se supone que el amor desmedido es así y eso era exactamente lo que N sentía hacia Edward, un amor completamente desquiciado.
―Muñequita, tranquila, estarás a salvo conmigo. No voy a dejar que ella te toque ―le susurró T en el oído a Jane, ella no paraba de llorar en silencio, alejándose sutilmente de las manos de aquel hombre, quien al parecer estaba obsesionado con ella.
T pasaba el cepillo delicadamente por el cabello lacio y rubio de Jane, acomodándolo precariamente alrededor de su rostro, enmarcándolo. La niña era preciosa, muy… rubia y muy ella.
― ¡Por el amor de Dios, deja a la mocosa y ven acá! Ella ya tiene novio o mejor dicho tenía ―dijo N caminando hacia E, ella, de igual manera que el hombre, se había descubierto el rostro y era un espectáculo digno de admirar, porque era una belleza digna de una pasarela de modas, y no de una secuestradora. Su cabello largo y negro caía hasta su cintura, levemente ondulado y sus ojos, de un azulado muy claro, bailaban por toda la estancia vigilándolos a todos, su arma descansaba en su mano e inconscientemente pasaba su dedo índice por el cañón de esta misma.
Jane, que había escuchado lo que ella decía, se quedó de piedra, sus ojos volaron a los de aquel hombre y este se encogió de pena. ¿Los locos sufrían de pena ajena acaso? Jane no sabía eso, pero fue lo que apreció en ese instante y luego dos lágrimas gruesas y calientes surcaron su rostro de porcelana, un sollozo escapó de su garganta y dio un fuerte suspiro, dejó el cepillo a un lado y tomó el pedazo de tela para amordazar a la rubia, nuevamente, ella lo miró suplicante, pero él estaba firme, una cosa era que la chiquilla le llamara la atención, pero otra muy distinta era perder el horizonte de su meta.
Con extremado cuidado, aquel hombre de ojos grises llevó a Jane con el resto de su familia, donde Carlisle trataba de sacar sus manos de los grilletes que lo apresaban, pero era imposible, se estaba lastimando. Kachiri por su parte buscaba alguna salida de allí y no le quitaba la mirada encima a Jane por nada del mundo, Garrett estaba desparramado en el suelo, aún con su pierna herida, pero horas atrás la misma N se la había limpiado, no quería que muriera de una infección, ella quería que fuera lenta y tortuosa su muerte, si de morir se llegara a tratar. Benjamín se encontraba al lado de su padre tratando de decirle algo, pero el pedazo de tela que tenía en su boca no lo dejaba pronunciar bien las palabras.
― ¿Para qué soy bueno, N? ―preguntó el único hombre, sonriéndole con cierto afectó a aquella castaña.
―Ve cómo está la perra de Esme, yo esperaré unas cuantas horas más para enviarle la foto de mi suegra a mi querido, solo hay que esperar. He planeado esto por 8 años de mi vida, no lo pienso arruinar por una estupidez de mi parte, o de alguno de ustedes ―dijo ella con voz seria, pasando su mano por su nariz de manera ruda.
― ¿Dónde está R? ―preguntó de repente E alzando su mirada de la pistola, el hombre de ojos grises señaló una pared lejana, donde la melena de una rubia de cabello largo y rizado se dejaba ver.
suspiró frustrada, ¿por qué tenía que estar lidiando con personas tan dementes? Con ella ya era suficiente, pero entonces se recordó que ellos la ayudarían y que ellos de cierta manera eran sus "amigos de travesura".
―Eres hermosa, R, bella ― se susurró a sí misma la rubia frente a un espejo completo que se encontraba en la pared, observando su cuerpo de pies a cabeza, sus curvas estaban en los lugares apropiados y sus largas piernas podían hacer perder la cabeza a cualquier hombre, a todos menos a él, por eso el muy maldito había muerto, bueno, no técnicamente, ya que ella "accidentalmente" había puesto un poco de veneno en su jugo de la mañana, cosa que le había causado una muerte un tanto aparatosa―. ¿Tal vez debería teñirme el cabello? ―se preguntó retóricamente, estaba hablando con ella misma, los demás no la escuchaban, pero tanto N, como T y sabían muy bien qué estaba diciendo R, siempre era lo mismo―. ¿Quizás rojo, marrón? ¡Ah, ya sé! ¡Me vería extravagante como pelinegra! ―casi gritó dando un pequeño salto, haciendo que sus bucles se movieran con el acto. Todos eran extraños, todos tenían traumas, todos eran unos desquiciados.
―Apártala de allá y dile el siguiente paso ―ordenó Niemand a T―, necesito que saque su lado perra y esa belleza que posee para lo que haremos a continuación ―dijo con voz calculadora.
T asintió y se encaminó hacia la rubia quien se metía un pedazo de cabello a su boca y lo lamía para luego enrollarlo en su dedo y darle una forma más de rosca. Era asqueroso.
― ¡Por cierto, E!, anda con ellos, también serás de ayuda, pequeña ―aseguró sonriendo y alentándola con la mano, ella se levantó y, de una manera no muy femenina, caminó hacia los otros dos.
Los Cullen y aquella chica pelirroja veían todo sin saber qué hacer, solo movían sus ojos siguiendo los pasos de sus secuestradores y oían cada disparate que salía de la boca de N, aunque viéndolo desde su punto de vista, no era tan incoherente lo que decía.
―Ahora ―dijo ella volviéndose hacia sus víctimas―, solo tienen que esperar a que mi amado llame ―les explicó sin ninguna emoción en la voz, caminando de un lado al otro―, y si mi esposo es inteligente salvará a la perra, sí que lo hará ―aseguró―. Pero si no es así... ―musitó entre dientes deteniendo su andar, volviéndose abruptamente hacia los Cullen―, temo que la querida mami Esme tendrá que morir.
Todos detuvieron su respiración al escuchar eso.
―Solo diez días mi bebé tiene para encontrarnos, si no lo hace entonces, ustedes conocerán muy pronto lo que es el infierno ―susurró ella con voz siniestra, soltando una carcajada después―. Disfruten del hotel 5 estrellas, yo tengo que hacer unas llamadas, si quieran lloran, gritan, pero eso sí, de aquí nadie escapa ―les advirtió apuntándolos a cada uno con su dedo índice―. Nadie ―dijo al final caminando hacia la salida de aquella habitación tan grande como un garaje y oscura como una cueva, para salir de allí dejándolo solos.
Únicamente había una puerta. No ventanas, no salidas de emergencia, no vía de escape.
Estaban encerrados y amarrados de pies y manos. Los Cullen estaban secuestrados y con una amenaza de muerte latiendo en el aire. Peor imposible.
El juego ya había comenzado y el reloj hacía su carrera enloquecida, ignorando que cuando este marcará los 10 días del plazo, muchas muertes ocurrirían, o tal vez, solo tal vez, muchas vidas se salvarían y un amor enfermizo conseguiría su cura al final de cuentas.
La noche caía nuevamente sobre Forks y un auto se veía cruzar por el camino lindero que daba hacia la casa de la familia Cullen.
Edward había ido a Seattle para hacer nada, porque una vez llegó allá le dijeron que todo había sido una estúpida confusión de la policía; así que, había perdido el tiempo y en el trayecto se había cansado, porque manejar tantas horas era cansador y más cuando era de ida y vuelta, pero él no había querido quedarse en algún hotel por allá; en cambio de eso, Edward había decidido regresar a casa, con su esposa, para dormir abrazado a ella y oler su fragancia, sentir el calor emanar de aquel pequeño cuerpo. Pero lo que Edward nunca se imaginó, ni en sus peores pesadillas, fue con lo que se encontraría al traspasar el umbral de la puerta de su casa.
Las llantas del auto chirriaron al estacionarse al frente de la imponente edificación, Edward ni siquiera se tomó la molestia de guardarlo en el garaje, él solo la quería ver a ella, el resto no importaba.
Con rapidez abandonó la estancia del auto y, con su portafolio en una mano y su chaqueta en otra, caminó hacia la entrada de la puerta, metió su mano en su bolsillo y sacó las llaves para poder entrar, la cerradura hizo un tenue 'clic' y aquel hombre de ojos verdes entró finalmente a su casa, gritando a la vez:
― ¿Bella?, ¿familia? ¡Ya llegué! ―exclamó con una enorme sonrisa en sus labios, dando los pasos que lo llevarían a la sala de estar, pero algo lo detuvo a medio camino, sus ojos se fijaron en aquella gran estancia y supo que algo estaba mal, no tardó mucho en encontrar qué era lo extraño en su sitio de confort. Sangre, eso era.
Un enorme charco de sangre estaba coagulada sobre el suelo de granito, la chaqueta que Edward sostenía en una de sus manos se resbaló de entre sus dedos y cayó al suelo, el sonido del aire al ser cortado se escuchó como un susurró de desespero y el alma de Edward huyó de su cuerpo, dejándolo solo con su corazón latiéndole a mil, su boca se puso reseca y sentía que estaba comenzando a hiperventilar.
Luego de lo que pareció ser mucho tiempo callado y paralizado, Edward reaccionó gritando desesperadamente:
― ¿Bella? ¿Cariño? ¿Jane, Benjamín, Garrett? ¿Padres? ―iba preguntando él a la vez que caminaba y entonces las dos palabras hechas con sangre sobre el sofá blanco impoluto, que estaba en la sala de estar, se interpuso ante su campo de visión, allí Edward supo que algo grave había pasado y que sus suposiciones, las cuales eran que a lo mejor alguien se había cortado, fueron desechadas rápidamente de su mente.
Aquí nadie se había cortado, aquí nadie había salido de compras, aquí nadie dormía. Lo que sucedía era mucho peor que eso y Edward, muy en el fondo de su corazón, sabía que era así.
Las huellas de unas botas de seguridad estaban esparcidas por el suelo creando un patrón, él las siguió y estas guiaban hacia las escaleras, sin pensarlo mucho subió las escaleras de dos en dos, al llegar al segundo piso, aún las huellas seguían y estas, para mortificación de Edward, se dirigían al cuarto que él compartía con su esposa.
De tres zancadas largas recorrió la distancia que lo separaba de su habitación, Edward dio una respiración forzosa tratando de calmarse, pero era imposible. ¿Y si a Bella le había pasado algo? ¿Y si entraba a su cuarto y se encontraba con algo horripilante? ¿Y si ella estaba…? La última pregunta no la podía siquiera completar, era imposible, nada le había podido pasar a ella. Simplemente no podía ser.
Con sus manos temblando a más no poder y un poco sudadas tomó el pomo de su habitación, el sonido al deslizar la puerta de madera hizo que los vellos de sus brazos se erizaran. Edward cerró sus ojos fuertemente y empujó, de una vez por todas, la puerta para abrirla por completo, y sin más abrió los ojos de sopetón, esperando encontrarse con lo peor que su mente pudo imaginar en esos escasos segundos, pero allí no había nada, todo estaba vacío y precariamente limpio, a excepción de las huellas de aquellas botas de seguridad, que eran un tanto grandes como para ser de una mujer, o eso pensaba él.
Edward se acercó a la cama donde él tantas noches había dormido con Bella, compartiendo el mismo espacio, caricias, besos y noches apasionadas y fue cuando una hoja en blanco cruzó su campo de visión, esta estaba sobre las sábanas de color rojo pasión, doblada y apoyada precariamente cerca de la orilla derecha de la cama. Rápidamente Edward se acercó y la tomó en sus manos, al abrirla se dio cuenta de su contenido. Era una nota, estaba dirigida a él y rezaba de la siguiente manera:
"Posees diez días para encontrarnos, de lo contrario moriremos".
Y solo con esas 9 palabras Edward dejó, prácticamente, de respirar. Su cabeza procesaba una y otra vez la simple, pero terrorífica palabra "moriremos". ¿Qué mierda era todo eso? ¿Tal vez un reality show de cámaras escondidas? ¿O una broma inocente?, pero él descartó rápidamente lo último, porque simple y sencillamente todo por lo que estaba pasando en esos momentos no tenía nada de inocente, al contrario, todo era macabro y morboso, hasta rayar en lo psicópata.
Pero, para desgracia y mortificación de Edward, la nota no terminaba allí.
"Mi Edward, para que no digas que soy una mala esposa te dejo una pequeña pista. Solo sé inteligente, yo sé que tú puedes, por eso me casé contigo. Solo encuéntrame, por favor".
Los ojos de Edward estaban que se salían de sus órbitas ya llegados a ese punto. ¿Bella? ¿Ella tenía que ver con todo eso? ¿Qué le pasaba por la cabeza a esa mujer? ¿Estaba loca? ¿De verdad eso estaba pasando?, esas eran algunas de las preguntas que rondaban la mente de Edward Cullen.
El hombre de ojos color jade siguió con la lectura de la nota y lo siguiente que Edward leyó lo terminó de descolocar por completo:
En diez me enamoraste
En diez me pierdes y
En diez me encuentras.
El siguiente objetivo a encontrar, tú debes averiguar.
Los números son buenos amigos.
¿Qué quería decir aquello?, se preguntó aquel hombre en su mente.
Su familia estaba desaparecida, Bella también. ¿Dónde estaban? Esa era la incógnita.
Los ojos de Edward se fueron aún más abajo al pie de la página y algo en letras muy pequeñas se dejaba ver como una luz en medio de la oscuridad. Era un número de teléfono con una solo palabra escrita, esa palabra era: "llámame" y Edward así lo hizo, e incluso no tuvo que ver el número para anotarlo, él se lo sabía de memoria. Era el número de Isabella.
...
Por su parte, Bella mantenía su celular en mano esperando la llamada, él ya estaba allí y seguro ya había leído la nota, o eso esperaba ella. Su cabello marrón caía sobre su espalda y un nudo en su garganta comenzaba a dificultarle la respiración, fue entonces cuando el celular repicó. Isabella tomó una respiración profunda antes de responder y escuchar la voz de Edward, la cual sonaba realmente desesperada.
― ¿Bella? ―preguntó Edward al otro lado de la bocina, una pelirroja acompañaba a la castaña con arma en mano y mirada psicópata.
―Edward ―suspiró Bella con voz temblorosa.
― ¿Qué es todo esto, Bella? ¿Estás bien? Dime, por favor, dónde demonios estás. Si esto es un juego, déjame decirte que no me estoy divirtiendo. Mi amor, por favor ―suplicaba Edward con el aparato pegado a la oreja, respiración acelerada y se podría decir que un poco cabreado.
―Solo es un juego, Edward ―explicó la doctora encogiéndose de hombros.
― ¡No me gusta! ―gritó él―. Hay sangre en mi casa, huellas de botas de seguridad hasta nuestra habitación y una maldita nota que dice…
―Que si no nos encuentras en diez días moriremos, lo sé, Edward, yo misma la hice ―completó ella llorando.
― ¿Y aun así dices que solo es un juego? ¡Joder, Isabella Cullen, dime dónde estás! Nena, estoy enloqueciendo justo ahora. ―La voz de Edward tembló y Bella se rompió, no podía seguir con esto.
―Edward, sigue la pista, cariño ―pidió ella melosamente, secándose las lágrimas que caían por su rostro.
Bella, ¿te secuestraron? ¿Dónde está mi familia, Isabella? ―inquirió Edward con voz seria, furioso.
―La pista, Edward, la pista. Es verdad lo que dice la nota, si no nos encuentras moriremos ―casi gritó Bella por el celular, haciendo que la pelirroja la apuntara con el arma en la cabeza, de esa forma la castaña se tranquilizó.
Bella, mi amor…
La comunicación se escuchaba entrecortada.
―Solo encuéntrame, por favor... ―Y antes de que Bella pudiera seguir diciendo algo, el celular fue arrebatado de sus manos y la llamada colgada.
Un ataque de pánico invadió el cuerpo de Isabella y esta solo pudo llorar. Lloraba por todo, pero sobre todo por Edward y por él, su otro amor. No quería que nada le sucediera a ninguno.
Bella mantenía su rostro enterrado entre sus manos y la pelirroja solo rodaba los ojos en señal de completa frustración y aburrimiento, el arma seguía apuntando a Bella, pero luego los roles cambiaron y ahora la que portaba el arma era Isabella Cullen, la esposa de Edward Cullen, ella secó sus lágrimas y adornó su rostro con una sonrisa de suficiencia.
― ¿Qué tal estuve? ―le preguntó a la pelirroja y esta no dijo nada, solo se limitó a quedarse en silencio y llorar por su hijo. Por eso hacía todo eso.
Luego de un rato de silencio la pelirroja musitó:
―Estupenda, como siempre, Niemand.
La pelirroja sintió como su estómago se revolvió y como el frío del metal pasaba por su mejilla.
―Tú también te estás superando, querida amiga. A lo mejor no lo termine matando, pero todo depende ―aclaró la castaña poniendo el celular en la mesa, el cual estaba conectado a otro aparato. Uno que hacía todo mucho más fácil para ella y para todos, uno que confundía la realidad con la confusión de una mente trastornada―. Andando ―urgió apuntando con el arma a la pelirroja para que saliera de la habitación.
El show ya había comenzado y muy pronto acabaría.
...
Por su parte, Edward estaba como loco, estrellando todo a su paso contra las paredes de la habitación, esa llamada reciente que había tenido con Bella lo había dejado en una extrema confusión.
Isabella le había dicho a su esposo que todo era un simple juego, y la clave estaba en encontrarlos, pero, ¿cómo lo haría?
El móvil de Edward sonó sobre su mano y al ver lo que era, se dijo que eso de inocente no tenía nada.
Esme, su madre, se encontraba amordazada, cubierta con cadenas alrededor de su cuerpo, el cual pendía de un arnés y debajo de ella había una piscina, pero sin agua. Al pie de la foto, decía lo siguiente:
El gavilán tiene buena vista. Sé gavilán por una vez en tu vida y le podrás salvar la vida.
¿Con quién se había casado?, era su pregunta.
A veces en donde menos lógica hay, es donde están las respuestas a las incógnitas.

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